En medio de nosotros se han infiltrado hombres ateos que, aunque son minoría (en el momento en que escribo son apenas 2%) (17) han hecho lo posible para arrancar el nombre de Dios de vuestras almas y haceros felices, dicen, incluso sin Dios. Pero yo, mis queridísimos fieles, en momento de abandonar este mundo debo deciros, a propósito de toda tentativa de este género, lo que decía el Profesta Isaías: "Mi pueblo aquellos que te dirigen, se extravían y arruinan el camino por el que tú debes pasar (Is., III, 12.). ¿Nunca habéis escuchado lo que dijo el poeta inspirado sobre el Señor "Si Yahvé no construye la casa, en vano trabajan aquellos que la construyen; si Yahvé no protege la ciudad, en vano el centinela vigila sus puertas". (Ps., CXXVI, 1)? Querer ser feliz sin Dios, es querer construir la torre de Babel, cuya construcción provocó la confusión de las lenguas entre sus constructores y su dispersión a través del mundo. Así ocurrirá seguramente en el futuro.
Toda tentativa de asegurar la cultura, la civilización y el bienestar a un pueblo, sin la ayuda de Dios, significa sellar su pérdida en el tiempo y en la eternidad. Por ello, queridos hijos, yo también en el momento de alejarme de ustedes, les dirijo las palabras de San Pablo a los Filipinos:
"Mantenéos firmes junto al Señor, mis bienamados"(Fil., IV, 1.). Sólo en el Señor reside la verdadera felicidad temporal y eterna; lejos del Señor sólo anida la perdición. ¿No es verdad que el hijo pródigo del Evangelio pensó, él también, en encontrar la felicidad abandonando la casa paterna? De allí partió rico, pero pronto ¿en qué estado se encontró? "Allí deseaba con ansias henchir su vientre de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba" (Luc., XV, 16.).
Entonces, los hombres que desprecian a Dios quieren alejarlos de El y rebajaros al nivel más bajo. Su obra esta maldita por Dios, lo que es fácil de comprender pues "el Señor no se deja burlar" (Gal., VI,7.). Para terminar, en lugar de la felicidad que os prometen, no serán incluso capaces de ofreceros lo mínimo necesario a un hombre.
Siempre será así; la palabra de Dios es, en efecto, infalible. El profeta ha dicho: "Esperanza de Israel, Yahvé, todos aquellos que te abandonan serán confundidos. Los que contra Ti se vuelven serán extirpados de la tierra, pues han abandonado la fuente de agua viva: Yahvé". (Jeremías, XVII,13.).
Sean fieles hasta la muerte a la Iglesia Católica
Dios, grande y bueno, no abandonó al hombre después de su caída en el paraíso terrenal, aunque éste lo merecía. por el contario, amó tanto el mundo que le envió a su Hijo para salvarlo. Como dijo el Apóstol: "El nos ha librado del poder de las tinieblas, para transportarnos al Reino de su bienamado Hijo" (Col. I, 13.). Este Reino es la Iglesia de Cristo, Iglesia Católica, tan vieja como la fe cristiana. Iglesia que nunca ha cambiado su doctrina, ni una sola letra, sino que aún enseña hoy todo lo que recibió de los Santos Apóstoles. Iglesia que tiene, como vosotros sabéis, su sede en Roma y allí estará hasta el fin del mundo. Allí reside el Primer Vicario de Jesucristo en el gobierno de la Iglesia, San Pedro; allí residen también sus sucesores, los Soberanos Pontífices. Vosotros sabéis lo que Jesús dijo a Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno jamás prevalecerán sobre ella". (Mat., XVI,18.). La regla es entonces: "Allí donde esté Pedro, allí está la Iglesia de Cristo".
Mis queridos hijos, permaneced fieles a cualquier precio, incluso a costa de la propia vida si es necesario a la Iglesia de Cristo, que tiene al sucesor de Pedro como su Pastor supremo. Vosotros sabéis que nuestros padres y nuestros ancestros, han vertido durante siglos, ríos de sangre para conservar el tesoro sagrado de la fe católica y permanecer así fieles a la Iglesia de Cristo. No seríais dignos del nombre de vuestros padres, si os dejaríais arrancar de la piedra sobre la cual Cristo edificó su Iglesia.
En 1941 nos preparábamos a celebrar solemnemente el 1300 aniversario de nuestros primeros lazos con la Santa Sede; la guerra impidió esta conmemoración. Pero ni la guerra ni la paz, ni la dicha ni la desgracia, deben haceros vacilar en vuestra determinación de permanecer fieles a la Iglesia de Cristo hasta la muerte. Debemos repetir como los israelitas a orillas del río babilónico: "Si te olvidamos oh Jerusalem, que nuestro brazo se deseque". (Salmo CXXXVI,5.). Si entre vosotros se encuentra alguno sea laico, sea sacerdote, que incluso por un solo instante, vacile sobre este punto, que "su casa esté lejos de vosotros".