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VI. LA MONARQUIA DANUBIANA DE LOS HABSBURGO Y LA CUESTION DE ORIENTE [continuación] Viena, empero, no comprende. Mientras María Teresa declara que no podía desear mejor vecino que Turquía y que Austria nada tiene que buscar en "aquellas provincias malsanas, incultas, despobladas por los griegos poco dignos de confianza" (nota 32), heréticos que odian a Austria, sus sucesores dentro de las concepciones de la ilustración se considerarán llamados no sólo a liberar a los pueblos balcánicos de la dominación turca sino que, en su función de portadores del progreso moderno, se creerán destinados a ejercer influencia predominante en la solución de la Cuestión de Oriente.
(nota 32) Werer Richter, Principe Rodolfo, pp. 185, Buenos Aires, 1946.Más aún, el príncipe Rodolfo, quien por sus concepciones liberales estuvo un contraste con su padre Francisco José I, promete a su esposa que ceñirá la corona imperial en la misma Constantinopla (nota 33).
(nota 33) Ibid., p. 186.De ese modo la casa de Austria, en lugar de limitarse a la comunidad danubiana de los pueblos de la misma tradición cultural, sueña con expandirse, particularmente tras la pérdida de sus posiciones en Italia y Alemania, hacia los Balcanes, donde los pueblos ortodoxos, conscientes de su extracción cultural, repudian espontáneamente a Austria por ser una Monarquía occidental y católica.
A. J. Toynbee expresó la misma idea cuando dijo que la monarquía
de los Habsburgos, incluso mientras Londres y París la consideraban
como una de las potencias del Occidente dividido políticamente,
"tenía todas apariencias y propiedades de la portadora del pensamiento
cultural y político del mundo occidental a la vista de sus propios
súbditos" y también de "aquellos de sus vecinos y adversarios
no occidentales contra quienes sirvió de "caparazón" o escudo
para el cuerpo total de una Sociedad Cristiana Occidental, cuyos
miembros dispersos siguieron siendo ingratos beneficiarios de
la misión ecuménica de la Monarquía" (nota 34). Por ello, todos los
empeños de Austria en paralizar la influencia rusa entre los
pueblos balcánicos estuvieron condenados al fracaso anticipadamente.
(nota 34) A. J. Toynbee, Estudio de la Historia, Compendio de los volúmenes I-IV, Buenos Aires, 1952, p. 421.Además, la concepción imperial de los Habsburgo, fundada en el principio de la legitimidad dinástica, en los tiempos en que triunfaba la idea de la democracia y de la nacionalidad, llevó a la Monarquía al conflicto con el espíritu de su tiempo. Ocurrió así que Austria-Hungría se prestó a ser vista por sus coetáneos europeos como un residuo anacrónico del pasado, favoreciendo de ese modo a la Rusia, euroasiática y autocrática, y a los terroristas balcánicos que usaban los slogan de libertad, democracia y nacionalidad, dándoles, por supuesto, su propia interpretación.
En Viena y Budapest, en lugar de interpretarse la resolución
del Congreso de Berlín sobre Bosnia y Hercegovina, en el sentido
de los seculares anhelos croatas, como la terminación de la reconquista
del territorio histórico de Croacia y del Occidente-y por extensión
de la monarquía de los Habsburgos-, uno de sus reinos asociados
y fundadores, el canciller austríaco conde Julius Andrássy, ex
revolucionario húngaro de 1848, aseguraba al Emperador y Rey:
"Los portales del Oriente están abiertos ante Su Majestad".
Esta pretensión de Austria a la herencia de Bizancio, fundada
en el derecho de la espada y en la expansión de la "verdadera"
civilización, constituye la idea rectora de la política de Austria
desde José II, típico representante del absolutismo ilustrado.
En esa línea chocaron en forma irreconciliable los Habsburgos
con Rusia, que a su vez acariciaba fervorosamente sueño bizantino
de la Tercera Roma.
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