Carta a las autoridades civiles del 4 de diciembre de 1959
Fechada 4 de diciembre, la carta respuesta del Cardenal no contenía palabras duras, sólo manifestaba misericordia. Constituía la mayor acusación a la conducta inhumana del Partido, de sus reglas y de su conducta. Después de una cortés introducción en la cual citaba referencias, expresaba que dirigía su carta al "órgano del poder que debía interrogarlo". A renglón seguido daba las razones por las cuales no podía presentarse en el puesto policial: "Me han llegado informaciones según las cuales la UDBA (policía secreta) está en posesión de un cierto número de mis cartas que ha encontrado en diferentes regiones y sobre todo en el Seminario de Djakovo, del cual Ciril Kos era Director espiritual. En estas cartas, respondía a los sacerdotes que me habían presentado sus respetos. Si pueden probar que estas cartas son verdaderamente mías y que no son falsas, entonces concedo que las he escrito en mi calidad de Superior legítimo de los sacerdotes de mi diócesis. Igualmente concedo haber escrito a otros sacerdotes y a algunos de mis amigos, con el objeto de alentarlos. Si debo sacrificar mi vida por esto, estoy dispuesto a hacerlo pero no me siento en absoluto culpable por el hecho de haber escrito estas cartas. Por otra parte, no compareceré porque el 11 de octubre de 1946 fui condenado por un Tribunal Popular a dieciséis años de trabajos forzados, y porque fui privado de mi libertad, en principio encarcelándome en la prisión de Lepoglava, después, como es todavía la situación actual, condenándome a residencia forzada en mi pueblo de Krasic. Esta condena fue un asesinato cometido contra un inocente, el mundo civilizado en su totalidad, opinó lo mismo. Incluso algunos dirigentes de la República Popular Yugoslava aceptaron su error cuando se encontraron con el profesor Ivan Mestrovic, quien me visitó en Krasic durante el corriente año.
El estado actual de mi salud es la consecuencia directa de esta condena, la cual recibió la reprobación del mundo entero. He pasado trece años en prisión y luego en internación, y he llegado a causa de mi salud, al borde de la tumba. Los médicos de nuestro país y los extranjeros han hecho todo lo que les fue posible para prolongar mi vida; pero no puede ponerse a nuevo lo que ha sido usado. Hasta hoy, me han extraído treinta y cuatro litros de sangre y aún no es suficiente. Han debido operarme las dos piernas para preservarme de una trombosis fatal. A consecuencia de estas operaciones, me he convertido en un inválido que se arrastra con un bastón. Además desde hace cinco años sufro de próstata. A pesar de todos los remedios, no pasó un instante sin sufrir.
No voy a mencionar, por el momento al menos, la enfermedad que he padecido hace dos años y que incitó a la prensa a asegurar que me hallaba cerca de la muerte. No quiero tampoco dar cuenta de mis otras enfermedades, sobre todo de la bronquitis que he padecido durante cuatro años; aún recuerdo que cuando el doctor Sercer pidió que se me concediera, a causa de este mal, permiso para efectuar una estadía en la costa marítima, dicho permiso me fue denegado. Mi estado de salud es muy bien conocido por el clero de Krasic y por los religiosos que deben, a menudo, pasar jornadas enteras frente a mi lecho. A menudo fui obligado a interrumpir la celebración de la Misa, incluso los domingos, a causa de los intolerables dolores que sentía. Todos los días debo pasar muchas horas tendido con mis piernas hinchadas en alto, para facilitar la circulación.
Se que me harán la siguiente objeción: los guardias lo ven ir a la iglesia, pasear por el jardín, hablar con la gente delante de la iglesia. Es claro: puedo hacerlo, me presento a la iglesia a fin de cumplir con mis deberes, pero a menudo hasta esto me resulta imposible; cuando puedo hacerlo, digo algunas palabras edificantes o alentadoras a los fieles y según mis fuerzas, ayudo al cura de Krasic, puesto que ningún sacerdote del vecindario puede colaborar con él como ocurría hace un tiempo.
También es verdad que salgo al patio para respirar un poco de aire fresco como me lo aconsejaron los médicos, pero yo me arrastro hasta allí con dificultad con la ayuda de mi bastón. Igualmente he declarado a mi médico que estoy imposibilitado de realizar mi paseo, no porque me lo hayan prohibido, sino a causa de la actitud de los guardias que me siguen a cada paso.
Combato la ideología del Partido Comunista porque estoy persuadido de su error y su falsedad, pero ¿de esta actitud se puede concluir que combato al Estado? Si es legal que el Partido Comunista luche desde hace quince años contra la Iglesia Católica con la espada y con el fuego, impidiendo a la gente la frecuentación de la iglesia, impidiendo el bautismo de los niños, haciendo imposible la formación religiosa de la juventud y el matrimonio religioso de la juventud y el matrimonio religioso; si es legal que el Partido Comunista destruya las escuelas y las instituciones católicas, las imprentas, los diarios y sus propiedades y que cometa numerosos actos de persecución, ¿cómo pueden reprocharme que levante mi voz para defender el núcleo sagrado del catolicismo?