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[Continuación] El fraile, no lejos aún, se paró y esperó sobre el caballo. Tras cambiar unas pocas palabras se apeó, apoyándose en un carpe y ambos marcharon ladera abajo. En la mitad del camino a la cueva, el campesino se detuvo y le indicó con la mano: allí muy abajo, encima mismo del arroyo, estaba Ivan Rosa doblado sobre un árbol retorcido singularmente. Lo reconocieron por el gabán gris de corte foráneo. Convinieron que Llollo, pese a todo, echase una mirada a la cueva. El escondrijo estaba vacío. Ya no cabía duda: lo que se veía jUlltO al arroyo era Rosa. Deslizarse por el risco resultaba harto difícil, casi imposible. El campesino dió, pues, la vuelta, descendió por el lugar menos escarpado y cubierto de arbustos. Desde allí, siguiendo el arroyo, descendió hasta debajo de la cueva y, agarrándose de troncos y raíces, subió a la orilla. El fraile lo contemplaba girar alrededor del bandolero y expresar con ademanes que todo estaba terminado. Fray Marko permaneció sentado buen rato, apoyada la cara en las manos, hasta que oyó resonar los pasos de Llollo. El campesino estaba aturdido. Con todo, veíase claramente lo sucedido. Presintiendo próxima la muerte, que en los seres vigorosos incita el deseo de huir, Rosa tal vez intentó bajar al arroyo. Pero, atolondrado por la fiebre, no advirtió el risco que lo separaba del arroyo o sobreestimó sus fuerzas, y se deslizó ladera abajo. Se asió de un álamo joven, que crecía en la ladera. Bajo el peso de su cuerpo el álamo se dobló sin quebrarse y él quedó atravesado en el árbol desnudo. El ancho cuello del gabán gris se dió vuelta cubriéndole la cabeza entera. A no ser por las manos ennegrecidas y los grandes pies que se divisaban en las alpargatas, parecería que alguien hubiese tendido en el álamo doblado su capote para que se secase. Así exhaló Rosa su postrer suspiro. Qué hacer? El campesino proponía no darse por enterados; no tocar el cadáver y nada comunicar a los turcos. Por el contrario, el fraile opinaba que debe darse sepultura a un cristiano. Pero el campesino se oponía con inesperada energía. - No, tio, que Dios te dé salud y vida! Que Dios nos perdone, pero tú sabes lo que se dice: donde hay cadáver, hay investigación. Y donde se investiga, cae la multa. Mi casa es la más cercana. No podría sacármelos de encima. Más bien, cuando oscurezea, lo trasladaré al otro lado del arroyo para darle cristiana sepultura. Pero de ningún modo de este lado. Con el cansancio de todo lo vivido este día, taciturno y abstraído en su pensar, el fraile ya no pudo discutir con el campesino atemorizado y tozudo. Se despidió de él, seco y distraído. Por una hora trotó entre los pinos y por fin llegó a una cresta, desde la que apreciaba la localidad dispersa, y asomaban en la lejanía los blancos muros y el pesado techo del convento. Se presentía el anochecer temprano como si ya, no más, bajaba del cielo. Fray Marko se frota los ojos. Como si recién ahora se recobrara y todo le fuese claro. Una tras otra reviven y se posesionan de él las confesiones del moribundo Rosa. Tan pronto ahuyenta una, asoma otra, más horrible y grave aún. Acompañando cada confesión oye los quejumbrosos ronquidos de Rosa. Estremécese y tiembla de miedo. Y comienza a temer por el alma de Rosa. - Malhaya su suerte, no se arrepintió como es debido, hijo del demonio! Por cierto que no! Fray Marko procura repeler con energía la duda que lo oprime. Más, entre las amonestaciones a Rosa y las palabras a media voz con que trataba de ensordecerse, revuélvense en él los recuerdos de la confesión de Rosa. Todos pecados horribles, incomprensibles, fechorías innecesarias y absurdas, al parecer sencillamente improbables, imposibles. Se suman así, día tras día, año tras año, cada vez más negros y más insensatos, hasta ese álamo doblado en el arroyo seco y pedregoso. Por todos lados, piensa, ambulan las almas bautizadas y quedan esparcidos los cuerpos humanos. Ganas tenía de clamar a grito herido, pero sólo se encorvó en la silla. El caballo aminoraba su trote. Fray Marko, la cara agachada hasta las crines, imploró con fervor y contrición: "Sálvalo, Madre de Dios". La oración lo calmó. Consiguió ahuyentar por un momento la recordación de los pecados que, desde luego, nunca lograría comprender, y silenciar el pensamiento sobre el mal que acecha a toda alma. Sin embargo, la gran tristeza de la que no logró sustraerse, ni tampoco recuperarse de su cansancio vespertino, volvió a embargarlo. Se sentía vacío y acosado en lo íntimo. En vano procuraba concentrarse nuevamente en la oración. En su conciencia se multiplicaban y alargaban sin cesar arroyos desecados, grietas desnudas, peñascosas, infinitas. Por todos lados-piensa-ambulan las almas bautizadas y quedan esparcidos los cuerpos humanos. De nuevo, con pasión y vehemencia, lo asaltó el deseo de gritar, de salvar y hacer entrar en razdn a quienes están perdiendo su alma. Hay un ancho, hermoso camino de Dios, qué los impulsa a desviarse de él? Cómo no lo advierten? Como siempre que se planteaba tales interrogantes, la sangre le subía a la cabeza por tanta sinrazón y ceguera, y, de golpe, se detenía y preguntaba de sopetón como para sorprender a alguien: - Por qué pecan? Se crispaba para calmarse luego, despertado por su propia voz. A medida que la sangre bajaba y fluía hacia el corazón, se apagaba también, al instante, su exasperación y cual un eco, repetía, en voz baja y triste: - Por qué pecan? No acertando qué contestar, se consolaba pensando en la Gracia divina, inescrutable pero omnipotente, que también a ese desgraciado Rosa indujo a último momento a pedir perdón. - La Gracia divina!-repetía incesantemente en su fuero interno, aferrándose con espasmódica ternura a esas palabras que tantas veces había pronunciado hoy. - La Gracia divina! No obstante, no logra del todo despejar la duda y la tristeza. Especialmente lo subleva y amarga ese final inopinado, feo y triste. Repitiendo sin cesar sus dos palabras-la Gracia divina-no pudo contenerse de agregar, susurrando con su áspera voz de campesino: - Pero, cómo y por qué lo arrojó sobre el álamo! Meneaba la cabeza, acosado por grave incertidumbre, en tanto que oscurecia y el rocin apresuraba su trote hacia el monasterio. Traducción del original croata: Branko Kadic
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