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Ivo Andric Este cuento pertenece a la serie de narraciones que el escritor Ivo Andric, premio Nobel de Literatura para 1961, publicó entre 1924 y 1936 en tres tomos y en los que describe el ambiente católico y musulmán croata en Bosnia. La versión primicia al castellano ha sido hecha según el original, publicado en la antología de la prosa croata del siglo XX, Hrvatska Proza XX stoljeca, en Zagreb, 1943, a cargo de Milan Begovic.
ERA aun de noche cuando inició su descenso del monte el campesino Petar Llollo y helo aquí ahora esperando en el patio, desde temprana hora, que el guardián se desayune y lo atienda. No quiere hablar sino con él. Con las alpargatas endurecidas patea el suelo escarchado, sóplase las manos y espera. Hubo de aguardar buen rato para ser recibido por el guardián, fray Julián Knezevic, hombre instruído y bonachón, pero perezoso y dormilón, digno personaje de cuento. No había menester fray Julián confesar tal defecto; tan notorio, público e incorregible era Con él, a buen seguro, se presentaría incluso en el Juicio Final, pues en este mundo no tiene juzgamiento ni remedio. Por fin, el campesino estaba ante el guardián y con sus nudosas manos arrugaba el fez y la desatada fajita. Llollo era un anciano canoso y aseado, tímido como un niño. Vivía solo en el monte. Tenía hijas, ya casadas. Viudo desde añares, no volvió a casarse. La ropa se la lavaban y remendaban sus hijas, que vivían en el pueblo. Así vivía solo, cuidaba en el monte rebaños ajenos, bajaba poco al pueblo y raras veces a la ciudad. Ahora, frente al guardián, su rostro reflejaba esa expresión propia de los campesinos, de aparente sonrisa y real perplejidad. Cada vez bajaba la vista ante la mirada de los grandes ojos del guardián que lo contemplaban con sosiego desde sus grandes, rectangulares y palidas órbitas. -Es, reverendo padre, digo este, digo que hay ... un enfermo-respondía inseguro al gesto interrogante del guardián. - Quién está enfermo?-inquiría impaciente fray Julián, ya dispuesto a llamar al capellán. -Pero, reverendo padre, no es, válgame Dios, un enfermo cualquiera, sino ... así. - Cómo así? Qué estás embrollando? -Pues, digo, reverendo padre...-y aquí el campesino dió rienda suelta a su retenida locuacidad y espetó sin pausa. -Está arriba, en la montaña, un haiduk (1), el Rosa precisamente y, excuso decirlo, enfermó, y como no tiene salvación vine a verlo para... Ante la novedad el guardián no le dejó proseguir, llamó a dos frailes y ante ellos el campesino contó largo y tendido. Ivan Rosa, entregado al bandolerismo hacía diez años y famoso en la comarca de Kresevo merodeaba en los últimos años por la Dalmacia y la Hercegovina, y acabó refugiándose en Montenegro cuando los franceses lo expulsaron de allí. Este otoño, en complicidad con unos montenegrinos, había asaltado, cerca de Sjenica, al correo francés que se dirigía a Estambul. Los franceses pedían enérgicamente la identificación y el castigo de los culpables y las autoridades turcas se empeñaron en hallar 5U rastro y echarle mano. Pensando que lo más seguro para él sería ocultarse en la proximidad de su pueblo natal, donde era menos probable que lo buscaran, Rosa se trasladó a Bosnia. Pero enfermó en el trayecto y ahora está allá arriba, en el monte, postrado, debatiéndose entre la vida y la muerte. - Y te mandó a tí por el sacerdote?-inquirió un fraile. -No es eso precisamente, ttos (2),-se resguarda Llollo a quien evidentemente le cuesta mucho decir la verdad y tampoco debe mentir. -Fué así la cosa. Una mañana, para ser preciso el martes pasado, al ir en busca de leña, sentí que alguien clamaba detrás de un arbusto: "Llollo, Llollo". Me acerqué y qué escena ví! Un hombre tumbado de bruces, amoratado, hinchado. No lo reconocí...han pasado tantos años. "Soy Ivan Rosa-me dijo-ayúdame si tienes alma de cristiano. Hay, por aquí, a un costado del camino, en el despeñadero que da al arroyo, una cueva. No doy con ella. Llévame para que los turcos no me prendan o la noche no me deje helado". Y suplicaba en nombre de Dios. Yo busca que te busca. Finalmente encuentro el hueco entre las rocas tal como lo había descripto. Me lo cargué al hombro, pura osamenta y nada más, y lo bajé a la cueva. Entonces me dí cuenta que el hombre estaba todo llagado y moribundo. Fuí en busca de pan y aguardiente. No se salvará, pienso. Ni siquiera pasa el aguardiente. "Tengo sed" -me dice. Pero tampoco puede beber agua. Se atraganta. Quise prender fuego, pero no me dejó. "No lo enciendas, -dijome-no podré atizarlo, me asfixiaré o el humo me descubrirá a los turcos". Recojo hojas secas que desparramo para darle algún calor.
(nota 1) Bandolero, de los que merodeaban por los Baleanes durante el dominio turco. En ciertas épocas y lugares esos foraJidos actuaban en grupos como guerrilleros contra el conquistador otomano, lo que se refleja en las baladas y poesia populares croatas. (N. del Traductor.) Continúa
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