BOSNIA Y HERZEGOVINA


Bosnia y Herzegovina

La Confesión

Ivo Andric

[Continuación]

Impaciente, el guardián tose con tosecilla seca, mas el campesino prosigue.

-Volví al día siguiente. Parecía sentirse más aliviado. "Cómprame -me dijo-aguardiente muy fuerte, unguento y miel para vendar esta hinchazón". Me dió un ducado véneto. Compré todo eso y le dí, además, dos badanas para su abrigo. Lo visité nuevamente, se sentía mejor. Transcurrieron así tres o cuatro días. No debería visitarlo tan a menudo para evitar ser descubierto y, por otra parte, siento lástima de el, por más bandolero que sea...

Otro de los frailes miró al guardián, intentando interrumpir el relato, pero el campesino, que lo había pensado sin duda largamente, continuó imperturbable.

-Ayer por la tarde, tomé un poco de pan y de queso y fuí a verlo. Lo encontré gimiendo como un enfermo grave. Le pregunté qué le pasaba; no me contestó, se agarraba de mi gabán y jadeaba; se diría que estaba por írsele el alma del cuerpo. Al pan y el queso ni los miraba. Sin soltarme buscaba algo con los ojos. "Lo que pasa es que estás muerto de frío" -le dije. Luego de toser y esputar, a duras penas me contestó: "No es eso, Pedro, hermano mío, sino que sobre mi alma pesan graves pecados". Repite siempre lo mismo y se atormenta el cuello con los dedos. "Grandes pecados me oprimen y así no puedo ni vivir ni morir".

El campesino se detuvo, desconcertado.

- Te mandó por el confesor?

El campesino se rascó la cabeza.

-No me mandó, no, por favor, pero viendo que el hombre está por morir y no puede, por ciertos pecados, dar con su alma, le sugerí: Quieres, Rosa, que vaya al convento y pida que alguno de los tíos venga, si quiere ...

El campesino, aturdido, se detuvo nuevamente. Mas ahora los frailes mismos lo estimulaban. Para librarse cuanto antes de la nueva desagradable, les espetó: - ­Pués, no quiere! No quiere.

- Cómo ? No quiere ? -preguntan consternados los frailes. -Bueno, con semejante fiebre el hombre no sabe lo que dice. "No quiero -dice-que venga el fraile; no puede auxiliarme. Los míos son grandes pecados", repite.

- No quiere? Dijo que no quiere? -exclamaron los frailes al unísono, en tanto el guardián permanecía sentado, gacha la testa, mudo.

Callóse buen rato el campesino, no queriendo contar todo lo dicho por Rosa. Pero los frailes lo asediaban con preguntas y por fin confesó que Rosa había dicho que no quería "porque el fraile no tiene mujer ni hijos, ni perro ni gato, y no sabe de sacrificio ni de pecado". O algo parecido... Los frailes se miraron y el campesino, muy molesto, prosiguió al punto.

-La verdad que no sé reproducir sus propias palabras. Desvarío de enfermo afiebrado. Quién puede entenderlo? Anoche no pude conciliar el sueño de tanto pensar. Qué hago; qué camino tomo, Dios mío? Me dominó el miedo. No es broma. ­Alma hay sólo una! Y bueno, decidí venir a ver al reverendo padre, decírselo todo para no empañar mi alma con esto. Allá él, que proceda conforme a Dios y los Libros Sagrados.

El campesino respiró ahora aliviado. Los frailes intercambiaron rápidas miradas. El guardián cortó la perplejidad general con gesto rápido, mandando a Llollo al patio hasta que lo llamasen. Los frailes de mayor edad debatían sobre qué debía hacerse. Fray Nikola Kezic, apodado el "Lobo", de voz profunda y desagradable, aconseja al guardián mirar bien lo que hace. Los tiempos están turbulentos y difíciles; este Llollo es hombre huraño y de pocas luces, y un bandolero es un bandolero. De enterarse los turcos que los frailes habían ido al monte, nada les ocurriría a Llollo y Rosa, pero los frailes y el convento cargarían con todo. Nuestro deber es ir, arguían otros, se trata de un cristiano moribundo y, de añadidura, pecador famoso y notorio. Subasic, debilucho y sin bigotes, que cursó sus estudios teológicos en Italia, sacó libros y fué pasando a todos el "Ritual" y una nueva edición de los "Derechos y deberes de los párrocos", impresa en Venecia. Fray Nikola ni siquiera quiso mirar el libro que Subasic le puso ante los ojos, señalando con sus amarillentos dedos las líneas que avalaban su opinión.

-Me informarás cuando tengamos que pagar multa.

Silencioso el guardián, la controversia se habría prolongado más de no haber fray Marko irrumpido en el refectorio. Ocupado con sus quehaceres en la cocina, fué el último en enterarse de la novedad. Entró corriendo, remangado el hábito, y, sin prestar atención a las razones de Subasic y las advertencias de Kezic, arreglóse apenas el hábito, se dirigió al guardián, inclinó la cabeza y dijo en voz clara y terminante:

Continúa

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Studia Croatica, año 1965
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