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[Continuación] -Bendíceme, padre guardián, para que vaya con Llollo a atender a ese enfermo. El guardián, como si esperara eso para decidirse, lo bendijo levantando dificultosamente su mano blanca y hermosa. Y todos aconsejaban ahora a fray Marko: salir por el otro extremo de la localidad, ir derechamente a la casa de Llollo para despistar, mirar bien que los turcos no anden por la cercanía... Fray Marko se aprestaba sin prestar oído a nadie. Apremiado, como huyendo de un incendio, se puso un gabán negro, forrado de zorrina, y calzóse las pesadas botas que hacían resonar el entero convento. Parecía más gigante y pesado aún. Bajo su cuerpo se arqueaba el petizo del convento, precedido por Llollo, que andaba al paso lento de los campesinos. Enfilaron hacia la montaña, esquivando siempre la parte eéntriea del poblado. Tras de andar tres horas, siempre euesta arriba y a través del pedregal, empezaron a deseender por el esearpado barraneo del arroyo Babin Potok. A unos doscientos pasos, se abrió ante ellos, ennegrecido, el lecho profundo y reseco del arroyo, atestado de gruesas piedras, arrastradas en el otoño y la primavera por la correntada, venida a menos ahora, en el aprieto del invierno, hasta desaparecer del todo entre las piedras y los primeros troncos. En la ladera entre dos pinos podados, asoma la choza de Llollo. Se detuvieron. El campesino echó la mirada una vez más a los cuatro rumbos e indicó al fraile que se apeara. Fray Marko, impaciente, no quiso ir primero a la casa de Llollo, de modo que llevaron el caballo entre los riscos, lo ataron a un junípero escarchado e iniciaron el descenso por el pedregal del otro lado del camino. El aldeano andaba cauto y ágil; fray Marko, en cambio, se agarraba con la mano izquierda de las piedras filosas y gemía en alta voz. Bajaron a una hendidura rocosa, gris y escarpada, que ni siquiera en verano verdea y florece. Llollo se detuvo debajo de una roca a esperar al fraile. Delante de él una abertura: casi un círculo de diámetro algo mayor de un metro. Los últimos pasos había que darlos con sumo cuidado, pues allí el pedregal se trocaba en un risco desnudo y liso, cubierto de escarcha matinal. Llollo debió haber hecho alguna señal, ya que de la cueva salió un susurro, se movió algo y apareció el extremo de un gabán gris. Llollo, luego de ayudar a fray Marko a llegar hasta la cueva, trepó al risco y el fraile se aproximó a la abertura. Pero el hedor fétido le hizo detenerse. Nunca, ni en el cementerio, ni en el lecho de enfermo en la más mísera casucha campesina, sintió semejante hedor. Olia, a la vez, al muerto que se pudre y al hombre vivo enfermo, encerrado en poquísimo espaclo. Fray Marko se sentó sobre el mismo borde, de manera que tocaba con su gorra de piel la parte superior del orificio. Recién ahora advirtió la escasa profundidad del escondrijo, casi llenado por ese gabán gris del que está asomando un hombre. Primero las manos grandes, flacas, ennegrecidas, luego, cubierto de barba y cabello canoso, el rostro deformado por una corteza negra y resquebrajada, consecuencia sin duda de orisipela y aplicaciones de aguardiente picante y hierbas. Ojos grandes, pardos, con la expresión extraviada e indiferente que la alta temperatura provoca, se concentraron por un instante en el fraile, para bajarse luego. Toda la cabeza inclinóse un poco. El fraile se persignó y tras breve oración empezó a urgir al bandolero a confesarse. Rosa se mostró más terco de lo que se podría suponer por su estado. Acostumbrado tal vez a defenderse y oponerse, sólo movía la cabeza, entre sus manos estremecidas en señal de desacuerdo. Fray Marko, tras las primeras palabras tranquilas, entró en calor y levantaba, ora una mano, ora ambas. Así, alternativamente, se veían en el aire sus manazas, por momentos con los dedos extendidos como quien, extrañado, se esfuerza por convencer y, por momentos, apretados en airados puños. De verlos alguien de lejos, sin oírlos, casi pegados, de observar sus movimientos, sin oir las palabras, los tomaría por bandoleros riñendo por el reparto del botín. Al hablar, fray Marko se adentraba con su cuerpo más y más en la cueva, olvidado de su ansiedad y del hedor. Rosa le contestaba, rehusando tercamente confesarse; hablaba confusa y secamente, sin ganas, como hombre sin esperanza ni asomo de poder explicarse, o sin interés de persuadir. Lengua hinchada y desdentada boca, más fuerte que su voz se oía el silbido y el ronquido de su ancho pecho, acompañando, río subterráneo, cada una de sus palabras. Rosa admitía que no quería confesarse y que no había pedido un sacerdote. -Bueno, repetía, es verdad que lo dije: ustedes que viven en los conventos, sin hogar ni preocupaciones, Sill . . . mujer e hijos, no pueden saber estas cosas. No sabéis cómo se vive en el mundo y cómo uno peca. Si, lo dije. No sabéis y que más da. Fray Marko no pudo dominarse, instantáneamenl;e nervioso. - Cómo? Cómo qué más da? Dónde tienes la cabeza? No ves, pobre de ti, que el mismo satanás te induce a pensar así? No tengo mujer? Y eres tu mejor por tenerla? Y dónde están esos tus hijos? Rosa torció dolorosamente el rostro y procuró volver la cabeza, como enfermo impaciente. En su pecho resonaba cierto ruido, cual palabras que no podía o no valía la pena expresar. Mientras, Fray Marko se calmaba, ablandado.
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