BOSNIA Y HERZEGOVINA


Bosnia y Herzegovina

La Confesión

Ivo Andric

[Continuación]

-Hijo mío, no es el fraile, hecho de carne y huesos, quien escucha la confesión y absuelve, sino el secreto de Dios y Su mandamiento..

Con flúida locuacidad seguía hablando de Cristo, de su sangre inocente que lava las iniquidades de todos los hombres, del reconocimiento de los pecados y del perdón, sin el que el hombre no puede vivir.

-Todos los días se crucifica al Hijo de Dios como víctima inocente, lo que se repetirá mientras haya un solo hombre sobre la tierra.

­Confiésate y arrepiéntete, Rosa!

Luego, viendo que el bandolero ni se movía, le pintaba el infierno y lo amenazaba con sus castigos. Rosa se encogía levemente de hombros.

-Bueno, no estaré solo allí.

Pero en seguida le abandonaban las fuerzas y el deseo de desafiante resistencia, y fray Marke volvía a la carga gritándole encolerizado.

- Cómo? De dónde lo sabes tú? "­No estaré solo!". Puede ser que estés solo. Mira, mira qué hombrecito. Y quién te dijo que te iba a esperar alIí? Solo, claro que estás solo. Quien está en el pecado y no con Dios, está solo. Solo por siempre. Y quien está con Dios, nunca está solo, sea en la montaña o bajo la tierra.

El bandolero, cuya inmovilidad sólo interrumpía el encogimiento de hombros, irritó a fray Marko al extremo de hacerlo volver a su hablar habitual.

-­Miralo! No digas sandeces, pobre de ti. Qué te pasa?-lo increpaba como si estuviesen en el patio del convento, desatando los caballos, o empujasen el carro atascado en el fango.

-Dios no es el comandante de Kresevo para huir de él y esconderse entre los peñascos. Dios ve y recuerda de otro modo.

El tono de su voz se suavizaba de súbito apenas tocaba temas trascendentales.

-Confiésate y arrepiéntete, amigo Rosa. Ves que Dios no te ha olvidado en tus pecados ni en tu desgracia. No hay desierto ni la montaña en el mundo, ni en la montaña escondrijo donde la Gracia divina no pueda llegar. ­No lo hay amigo, no! Tú razonas: merodearé como bandolero quince años, luego me refugiaré en el monte, moriré allí y asunto termniado. Pero no sabes que la Gracia divina te lleva de cordel, te alcanza bajo la tierra y bajo las rocas. Olvidaste que hace tiempo, de pequeñín, fray Marko te bautizó en la iglesia de Santa Catalina; que llevas la cruz en la frente y no puedes eludir su peso. Y ahora, Dios te exhorta y llama para que te confieses a él.

En el pecho de Rosa acallóse el ruido o se hizo imperceptible. Con la frente pegada a la hojarasca, la cara echada más bien hacia la roca, Rosa yacía mudo e inmóvil. Flaqueada la oposición, fray Marko atacó con mayor ímpetu, recurriendo a toda su elocuencia y su dulzura. Hablaba de grandes pecadores cuyos pecados fueron perdonados por una buena obra al final de sus días. Volvía siempre a la Gracia divina que ni se ve ni conoce, pero que visita tanto la caverna del bandolero como la celda del anacoreta. "Dios no quiere la muerte del pecador". Rosa escuchaba el sermón como un murmullo monótono adormeciente de su dolor físico y espiritual; mas de golpe se sacudía y movía la cabeza, obstinado y sin esperanza. Arrancado fray Marko de su razonamiento pausado y comedido, se inclinaba a vérselas con Rosa en forma campesina, tosca, balbuceante de desesperación.

- ­De nuevo, siempre lo mismo! ­Oh, rayos y truenos...! Al rato se dominaba, calmado.

-Ay, pobre de ti, Dios te llama y tú meneas la cabeza como un rocín viejo.

Pero, apenas pronunciaba de nuevo la palabra Dios, se apoderaba de él el entusiasmo anterior y su elocuencia abundante y flúida brotaba espontánea. Rosa, a su vez, lo escuchaba por momentos quieto y silencioso. Escena harto repetida. Fray Marko mostraba creciente obstinación a medida que la oposición del bandolero decaía hasta que, por fin, aplacada totalmente, quedó vencido. Empezó a rezar, tras el fraile, a intervalos, y todavía con desgana, la oración inicial; luego arrancó a decir sus pecados, fechorías de bandolero, y a contar su vida desde los primeros recuerdos. Al hablar solía bajar la voz y tartamudear a ratos, como si ciertas cosas no quisiera tener que confesarlas, sino que el fraile acertara a adivinarlas. Fray Marko le ayudaba y estimulaba con palabras, gestos y muecas, aun estando a punto de desvanecerse en el ahogo de un nudo en la garganta. Por último, olvidado de sí mismo, introdujo en la cueva la parte superior del cuerpo, pegó su oreja al rostro de Rosa, llenando la cueva asi adheridos, como un extraño cuerpo retorcido.

El susurro se hizo, en cierto momento, más agudo y acelerado, casi enteramente incomprensible. Rosa se esforzaba como arrancándose a sí mismo la confesión que, ya imposible de retener, quería abreviar. Jadeábale el pecho atrozmente. Fray Marko, tenso como un cazador, captaba el cuchicheo del bandolero directamente de boca a oreja.

Continúa

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Studia Croatica, año 1965
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