BOSNIA Y HERZEGOVINA


Bosnia y Herzegovina

La Confesión

Ivo Andric

[Continuación]

De repente, el fraile levantó la cabeza y luego, bruscamente, la parte superior del cuerpo. Se asomó hacia afuera y, prendido de los bordes de la roca, se inclinó como quien, ahogándose, busca aire y alivio. No podío más. Amarrillenta la cara y llena de sudor, que el aire invernal enfriaba, pero lo que desfiguraba su cara campesina, naturalmente rústica, era su mirada, nueva, rígida, un tanto bizea de miedo, de incomprensión y de impotente compasión. Miraba con ojos aviesos y sin ver nada; respiraba aceleradamente. Se dominaba otra vez, volvía a su pecador, adhiriéndosele como para ocultarlo. La confesión seguía, Fray Marko, empero, solía despegarse del bandolero, volvía la aterrada cara hacia afuera, como queriendo apartarse de lo que oía, pedir ayuda y consejo, clamar por alguien que lo asesore, tranquilice y saque de ese callejón oscuro. Pero, su mirada topaba siempre con el cielo gris y el desolado paisaje invernal en el valle.

Al confesar lo último y más grave, calló Rosa, agotado. Se oía solamente su monótono y dificultoso jadear. Fray Marko consiguió a duras penas hacerle repetir, tras él, las breves palabras de arrepentimiento: "De esos y los demás pecados de toda mi vida, me arrepiento de todo corazón... "El fraile, apartándose algo y moviendo enérgicamente la diestra, hizo la señal de la cruz sobre la abertura de la cueva, como si lo bendijese todo adentro y absolviera al bandolero de "todos sus pecados y castigos". Despidiéndose, fray Marko le aseguraba que le traería la comunión y que la Gracia divina, recuperada ahora, velaría por él, protectora. El bandolero apenas se movió; tan sólo un débil e indiferente movimiento con la mano.

- ­Pues, haga conmigo lo que le dé la gana!

Fray Marko, demasiado cansado y aturdido, no quiso enzarzarse en nuevo debate con Rosa, sólo le exhortó una vez más a no perder la esperanza en la divina Gracia Luego, respirando con dificultad y tiritando de frío, pues el sudor se había helado rápidamente, escaló con gran esfuerzo la roca hasta el camino donde lo esperaba Llollo.

Arribados a la casa solitaria de Llollo, semioscura, lúgubre y sin barrer, fray Marko se tumbó sobre el catre que, crujiendo, se hundió bajo su peso. Estiró las piernas, dejó caer las manos como quien se entrega totalmente al cansancio aguantado largamente. Excusándose a la usanza campesina, Llollo trajo una escudilla llena de suero, un puñado de queso fresco, dos cabezas de ajo y cortó un pedazo de pan de maíz. Fray Marko, estiradas las piernas, cogió con las palmas de la mano la escudilla y empezó a beber. Bebió largo rato, con ruído; el pecho se le hinchaba y en silencio resonaba su fatigosa respiración y el trasegar del suero.

Tanto tiempo bebió que el campesino, de pie, con las manos cruzadas ante el fuego, miraba, incómodo, ora al fraile, ora al frente. Con gran pena el fraile apartó la taza de su boca y, buscando aire, como excitado, la pasó a Llollo. Resopló buen rato, atusándose los bigotes, y luego empezó a comer con apetito queso, ajo y pan cual un trillador en la era. Por momentos se detenía a medio bocado, fijaba sin sentido la mirada, permaneciendo así ensimismado hasta que el campesino se movía y lo despertaba de sus reflexiones. Luego volvió a comer como un lobo. Cuando finalmente se hartó de comer y beber suero, se persignó a viva voz, quedándose inmóvil y pensativo. El campesino tosía, atizaba el fuego y bostezaba, invocando el nombre de Dios, sin atreverse a proferir una sola palabra ni tampoco a prender la pipa, aunque la sacudía sin cesar y la golpeaba contra su alpargata.

A1 cabo, cambiando apenas una que otra palabra, se pusieron en camino: el fraile a la ciudad y el campesino, con un jarro de leche, rumbo a la cueva. Cuando llegaron a lo alto de la roca, allí donde sus caminos se separaban, el fraile montó su rocín y el campesino, agachada la cabeza, se apartó un poco.

- ­Bendígame, tío!

-­Qué Dios te bendiga!

Sigiloso y veloz bajaba el campesino por el pedregal. De repente se detuvo, miró hacia abajo, se volvió y gritó:

- ­Tío!

Continúa

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Studia Croatica, año 1965
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