BOSNIA Y HERZEGOVINA


Bosnia y Herzegovina

La Arquitectura Islámica en Bosnia-Herzegovina

J. P. Fratija

Vale la pena transcribir aquí la descripción de Sarajevo, tal cual la vio la escritora croata Jagoda Truhelka después de la ocupación de Bosnia (1). Cuando llegó por primera vez a Sarajevo, le impresionó su ubicación en el largo valle del riachuelo Miljacka, afluyente del río Bosna, a la sombra de la montaña Trebevic.

(nota 1) Jagoda Truhelka: Prvi put u Bosni prije vise od pedeset godina - Por primera vez en Bosnia hace más de 50 años - Kolo XXIII, Zagreb 1943 pp. 211-233.

"Montañas gigantescas y enormes se acercaban en veloces recodos como si quisieran presentarse por todos sus costados en toda su grandiosidad, y en medio se alzó la montaña más alta, el viejo Trebevic, encima de la capital misma de sosnia. Adhiriéndosele al regazo como el manto imperial, la ciudad se extendió a lo largo del escarpado valle del riachuelo Miljacka, se apretaba cada vez más junto a su estrecho curso que parecía no tener salida entre esas enormes rocas... En el ocaso se podía percibir una que otra casa y casita con techos enhiestos... ventanas tupidas y enrejadas. Entre ellas aparecían negros los setos de ciruelares, asomaban blancos cementerios y mezquitas, de nuevo casas y vallas, y por ningún lado, ni por la izquierda ni por la derecha, calle lateral alguna...La ciudad casi muerta, cuando apenas había pasado las ocho de la noche. Nos dijeron que al ponerse el sol, sin necesidad y motivo especial, nadie sale de su casa".

"Se necesita un mes entero para percatarse de toda la riqueza de maravillosa peculiaridad y helleza que ni soñábamos. Ubicada a lo largo del valle faldeante por las floreadas laderas de la guirnalda montañosa, ya la misma ciudad brindaba perspectivas sin parangón en el vasto arco de sus declives anfiteatrales, a través de los cuales, como en un estrecho llano se desparramó el rebaño de grises techos enhiestos, alzándose en medio cual bosque de esbeltos minaretes blancos y de enormes sombreros verdes que parecían cúpolas de mezquitas".

"Y para que el cuadro sea completo, en medio estaba serpenteando un riachuelo, Miljacka, como un cinturón de seda, extraño y caprichoso... En esa policromía misteriosa de paredes blancas y amarillas, reflejada al sol se asemejaba a la seda gris de techos centelleantes, con esbeltos minaretes, mientras numerosos sepulcros esparcidos por doquier se sumergían en el verde denso de ciruelares y huertas. Todo ello, bajo la azul cupola celestial como un suntuoso tapiz oriental se situó entre los Peñascos en medio del valle montañés..."

La escritora nos ofrece esta imagen del mercado de Sarajevo: "En ese mercado, hoy como antaño, se concentra toda la vida pública de los lugareños como en una arteria: como en un foco se condensó allí todo el exotismo oriental, multiplicándose en todas sus formas y colores. Todos los negocios comerciales y artesanales se remataban en esas tiendecitas de madera, abarrotadas de mercancías, tras las bizarras puertas, que se abrían y cerraban en forma horizontal, de manera que la parte superior se levantaba sirviendo como alero a la infenor, la cual, bajada, formaba el umbral donde se sentaba la gente, entraba, se exhibían los artículos, amontonados en el negocio sobre los estantes, colgando de las paredes o siendo apilados donde había lugar. Esas tiendecitas con su dispositivo inalterable, diría familiar y primitivo, cautivaban a los forasteros, acostumbrados a vidrieras, lujosamente exhibidas, de las grandes urbes... Aquí no hay velas, sino tal vez un farolcito en invierno. Pues tan pronto se pone el sol, en la hora que sea, se levanta la parte inferior de la puerta, se la entranca y cesan las operaciones. De noche impera oscuridad total y silencio absoluto".

"Ya estamos a un paso del centro de la charsija (mercado), la parte mas movida y ruidosa de la ciudad. Desde lejos se oye una música armoniosa, insólita para el oído no acostumbrado, con la que se confunden el martilleo sobre el yunque, el batir de los caldereros sobre el bronce, el machaqueo de los herreros. Los zumbidos de los tornos y el chirrido de la sierra carpintera... Uno no se oye a sí mismo. Te detienes aquí y allí para mirar. El maestro no levanta la mirada: en cuclillas forja y machaca como si estuviera solo en este mundo, nada y nadie le perturba. De repente te encuentras en medio del ruido ensordecedor entre apretados negocios más distinguidos y más silenciosos, en esos diminutos talleres de joyeros y relojeros, donde los orfebres, tras la pequeña ventanilla y con la calma y silencio totales elaboran su manufactura suntuosa que requiere tanto recogimiento y tranquilidad que uno debe preguntarse, cómo lo hacen en medio de tanto ruido y griterío..."

A dos pasos de charsija (mercado)... "asoman mezquitas exóticas.Las hay por doquier... Daban la impronta principal, la peculiaridad y el rasgo inconfundible al sistema y el estilo urbanístico. Ahora sí que el extranjero se siente en el umbral del oriente. Goza del panorama exuberante que vive con sus rasgos y el tiempo propios".

"Desde entonces la ciudad cambió tanto, creció, se modernizó, viejas y derruidas casas, tan pintorescas, fueron reemplazadas por las nuevas carentes de estilo, lo que introdujo mucha disonancia en los detalles de la imagen urbana, pero en su conjunto se conservó el cuadro, ya que la naturaleza y sus formas fundamentales no pueden violentarse por más violenta y ruda que sea la vida en su incontenible afán de cambio y progreso".

Muchos amantes de lo antiguo y lo pintoresco no pueden perdonar esa deterioración del ambiente oriental y hubo escritores que censuraron acremente el nuevo aspecto del paisaje bosníaco, surgido tras la ocupación que introdujo ferrocarriles con sus exóticas estaciones de ladrillos rojos, con puentes y depósitos polvorientos, fortificaciones y cuarteles, fábricas con sus chimeneas; inmensos corralones de madera, carbón, el mineral de hierro y bauxita, sumados a numerosas escuelas, edificios públicos, museos (el museo de Sarajevo, uno de los más grandes en Europa central), templos, especialmente de los católicos que con los musulmanes constituyen la gran mayoría de Sarajevo y demás ciudades en Bosnia y Hercegovina.

Sobre esa extensa y precipitada construcción se han escrito muchas cosas en contra, lo que en parte responde a la verdad. Era una época sin estilo propio. Pero tampoco eran satisfactorios ciertos experimentos con el llamado estilo bosníaco, consistente en aplicar ornamentos orientales a las estructuras típicamente centro-europeas. No obstante, se levantaron edificios de valor y merece una mención especial el arquitecto croata José de Vancas Pozeski, quien diseñó y en parte ejecutó el palacio arzobispal en Sarajevo, cinco iglesias, el castillo de bajá Ajas, los baños de Gazi Isan bey, el hogar de Vakuf, el correo y muchos otros edificios públicos y religiosos en Bosnia y Hercegovina. Dicho arquitecto fue premiado en distintas exposiciones internacionales, incluso la de París.

De ese modo en Bosnia iban mano a mano la tradición y el progreso moderno, minaretes y campanarios, el mundo del Islam y el Occidente cristiano. Buenos Aires.

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Studia Croatica, año 1965
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