Nosotros pedimos...
Exponiendo todo esto, queridos fieles, no hemos querido suscitar la lucha contra el gobierno de este país: no buscamos esta lucha y nunca la hemos buscado; nuestros pensamientos han estado siempre dirigidos hacia la paz y la organización de la paz civil y política. Esta paz nos es hoy más necesaria que nunca; pero estamos profundamente convencidos de que la pacificación y la curación de las plagas de la guerra no podrán llevarse a cabo en nuestra nación sino a través del respeto de las enseñanzas de la fe y la moral cristianas. Por ello, no nos dejaremos detener por los ataques injustos, ni por las falsas acusaciones sobre la supuesta ayuda a la reacción y a los enemigos del pueblo.
Estamos junto al pueblo y salvaguardamos sus bienes más preciados, herencia indestructible de sus ancestros: su fe, su honestidad y su deseo de vivir libres, en unión y afecto con todos los ciudadanos de este Estado, sin hacer diferencias de religión o de etnias. Por ello pedimos - a ningún precio dejaremos de hacerlo jamás-, la plena libertad de la prensa católica, plena libertad para los colegios católicos, plena libertad para la enseñanza de la religión en todas las clases de las escuelas primarias y secundarias, libertad para Caritas, plena libertad de la persona humana y el respeto de sus derechos inalienables, respeto integral al matrimonio cristiano, y la devolución de los establecimientos y los organismos que han sido sustraídos a la Iglesia. Sólo cumpliendo estas condiciones la situación podrá normalizarse en nuestro país y una paz duradera será restablecida.
¡Que el Todopoderoso bendiga los esfuerzos de aquellos que animados de buena voluntad, trabajan para lograr este objetivo! ¡Que Aquél que es la única fuente de paz, de esta paz que el mundo no puede dar, nos brinde a todos la gracia de ver volver finalmente los días de una paz justa y duradera! ¡Como prueba de estos deseos, que la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros!
Zagreb, 20 de
setiembre de 1945.
Mons. Aloysius Stepinac, Arzobispo de Zagreb y presidente de la
Conferencia Episcopal;
Mons. Nicolás Dobrecic, Arzobispo de Bar y Primado de Serbia;
Mons. Joseph Ujcic,
Arzobispo de Belgrado y Administrador Apostólico de Banat; Mons.
Jerónimo Mileta,
Obispo de Sibenik; Mons. Quirin-Clément Bonefacic, Obispo de Split,
Solin y Makarska;
Mons. Joseph Srebrenic, Obispo de Krk, desde la "liberación" ausente
de su diócesis
durante cinco meses; Mons. Michel Pusic, Obispo de Hvar; Mons.
Ivan Joseph Tomasic,
Obispo de Maribor; Mons. Victor Buric, Obispo de Senj y Modrus;
Mons. Smiljan Cekada,
Obispo de Skoplje; Mons Pierre Culé, Obispo de Mostar; Mons. Anton
Aksamovic, Obispo
Administrador Apostólico de Djakovo; Mons. Lajos Budanovic,
Obispo, Vicario General
de Subotica; Mons. Anton Buljan, Vicario General de Sarajevo; Mons.
Bojo Ivanic,
Vicario General de Banja Luka; Mons. Antoin Vovk, Vicario General
de Ljubljana; Mons.
Ivan Jeric, Vicario General de Preko-Murje; Mons. Ivan Djuro
Visosevic, Provicario de
Krizevci.
Ecos de esta carta pastoral
Todo el Episcopado yugoeslavo asumió la responsabilidad de esta carta. Mons. Stepinac la leyó en la Catedral y varias copias fueron enviadas a la Comisión para las cuestiones religiosas de cada una de las seis repúblicas de la Federación.
Si la copia de esta carta hubiera sido enviada a las autoridades antes que Mons. Stepinac hubiera podido leerla a los fieles, seguramente la hubieran secuestrado. Procediendo así, el Arzobispo pudo pacíficamente llevarla a conocimiento de sus diocesanos: "Me hubieran perdonado todo salvo esta carta, y quizás también me la hubieran perdonado si la hubiera posteriormente desmentido.", afirmó tiempo después Mons. Stepinac. El eco de esta carta que unió aún más a unos y cristalizó la animosidad de los otros, superó las barreras de las fronteras yugoeslavas y el mundo entero pudo conocerla. El Partido Comunista reforzó entonces, sus ataques contra los Obispos y principalmente contra el Arzobispo, al que trataba de "bandido". Arrojaban piedras a su paso... Dn. Masucci envió al Vaticano un informe relativo a esta conferencia y presentó a Mons. Stepinac como defensor de la Fe. En Yugoslavia, las calumnias contra la Iglesia Católica se acentuaron.
Intervención de la Santa Sede
Antes de la aparición de la carta ante el mundo, el 18 de octubre, la Santa Sede protestó oficialmente ante el Gobierno yugoeslavo en relación a las persecuciones religiosas, afirmando que no se recordaba que hubiera habido antes en los Balcanes tanto odio contra la Iglesia Católica.
El 22 de octubre el Papa designó a Mons. Hurley, Obispo americano, como representante en Belgrado ante la República Federal Yugoslava con el objeto de que estudiara en el lugar la situación de la Iglesia Católica, de los sacerdotes y de los religiosos. El Gobierno yugoeslavo envió, a su vez, un representante al Vaticano.