Ecos de la prensa mundial

UN MARTIR DE NUESTRO TIEMPO

 

LA PRENSA de Buenos Aires, del 19-9-1986, publica bajo este título otro significativo comentario de su asiduo colaborador y analista Raúl Oscar Abdala que transcribimos íntegro:

 

Podemos imaginarlo con su vestidura de dignatario eclesiástico sentado ante el tribunal, acaso una blanca y fina mano sobre la otra y ambas sobre el regazo. El rostro afilado vecino de la demacración, corno el de Eugenio Pacelli, se orienta, grave y sereno, hacia quienes ceñudos, cumplenla sombría tarea de enjuiciarlo. Los ojos muy vivos y penetrantes bajo la vasta frente de pensador, llegan hasta el fondo del alma de estos jueces que militan en la sumisa y abigarrada servidumbre del mariscal Tito. No se puede menos que simpatizar con ese hombre que viene batiéndose desde hace años en lucha desigual, contra las varias encarnaciones del Anticristo, y que ahora está ahí, solo, abroquelado en su ardiente fe, a merced de verdugos a sueldo.

 

"Enemigo del pueblo"

 

¿De qué acusa el gobierno comunista de Yugoslavia a Aloysius Stepinac, primado de la Iglesia croata? De "reaccionario enemigo del pueblo". En opinión de esta gente, el eclesiástico debió abandonar el arzobispado cuando en 1941 se produjo la invasión de los nazis. Eso es todo.

 

Stepinac sabe con quiénes ahora tiene que habérselas. Los conoce tan bien como a los sicarios de Hitler; y no ignora que la anticipada decisión de encarcelarlo o matarlo no se torcería ante sus argumentos. Así, no se defiende, sino que razona en voz alta, como hablando con lentitud y calma para la historia de esta parte tenebrosa del siglo XX.

 

Ante la acusación de colaboracionismo, se le oye sentenciar: "El pastor no abandona el redil, el patriota no abandona a su pueblo". No es un intento de escapatoria para justificar lo injustificable; es una verdad honda y dramática, una verdad estremecedora. Eso precisamente había ocurrido desde el primer día de la invasión: el pastor, junto a su redil, el patriota en el seno del pueblo croata, negándose a prestar el más mínimo apoyo al brutal ocupante. Y esto lo hacía Stepinac en horas en que algunos próximos a él ensayaban un coqueteo con la jefatura militar y política hitlerista.

 

El antinazismo de Stepinac era, como su anticomunismo, una manifestación de su ostensible postura antitotalitaria, tan antigua como su hirviente convicción cristiana. Antes de la Segunda Guerra le había confesado a un alto prelado vaticano, aludiendo a ambas formas políticas de la barbarie contemporánea: "Sé que la iglesia en Croacia está amenazada desde el Norte y desde el Este". Y refiriéndose a sí mismo añadió la trágica tranquilidad del estoico y de los cristianos de los primeros tiempos: "El arzobispo de Zagreb, alentado por el ejemplo de sus predecesores (...) está dispuesto a enfrentarse con el enemigo y testimoniar con su sangre por Cristo". Los acontecimientos que se desencadenaron desde el '41, se encargarian de revelar, con sobrecogedores episodios, hasta qué punto era sincero este auténtico soldado de Cristo.

 

La condena

 

Derrotados los nazis, y asentado por fin en el gobierno de Yugoslavia, Tito ensaya un golpe maquiavélico: separar la cristiandad de su país de la metrópoli romana, pero choca con la férrea oposición de Stepinac. Claro: tras este fracaso, se produce el arresto, al que sigue un proceso ejecutado en el más puro estilo comunista: sin garantías y con todas las de perder, como en los días del Stalin de las purgas.

 

Stepinac no se tomó el inútil trabajo de nombrar defensor ni abundó en probanzas acerca de su inocencia. Pero en el juicio pronunció palabras definitivas, algunas tan pasmosas como éstas: "Teniendo limpia mi conciencia, estoy dispuesto a morir en cualquier momento". Y en relación con su lucha por la nativa Croacia, afirmó ante sus atónitos jueces: "Todo lo que haya dicho sobre el derecho del pueblo croata a su libertad e independencia, está de completo acuerdo con los principios básicos enunciados en Yalta y en la Carta del Atlántico. Si conforme con estos principios, toda nación tiene derecho a su independencia, entonces ¿por qué se lo niega a la nación croata?"

 

Ciego, sordo, sólo obediente a la voz del terrible amo, el tribunal lo condeno en 1946 —en estos días se cumplen cuatro décadas— a 15 años de trabajos forzados, con pérdida de sus derechos civiles y políticos.

 

En 1953, el Papa Pío XII lo elevó al cardenalato primado de Yugoslavia; pero 61, ya liberado de la prisión merced a un discutible acto de "clemencia", continuó siendo privilegiado blanco de la saña bolchevique, bajo la forma de internación en la casa parroquial del pueblo de su nacimiento, severamente vigilado por el régimen, que terminó aislándolo de todo contacto con el exterior.

 

En tal situación murió en febrero de 1960, antes de cumplir los 62 años. Terminaba así una existencia consagrada al servicio del linaje humano bajo las variadas expresiones de la caridad cristiana —fue fundador de "Cáritas"— y de la empeñosa defensa de la libertad individual, Ilevada hasta el límite del sacrificio. "A través del terror y de las sucesivas tiranías —leo en la nota necrológica que le consagró La Prensa— el arzobispo Stepinac defendió sin cesar la doctrina de Cristo, los derechos humanos y la libertad de sus compatriotas".

 

Un mártir

 

Era al mismo tiempo intelectual que invertía muchas vigilias en lectura y escritura y sacerdote de Dios que trabajaba duramente en fundar templos, como la santa de Avila y en procurar pan y consuelo para los pobres y atribulados. El tiempo le resultaba escaso a este formidable trabajador en su doble condición de ministro de la Iglesia y de ciudadano amante de la libertad: organizaba campañas de socorro; difundía en ciudades y aldeas el verbo de Jesús; alentaba esperanzas; denunciaba atropellos contra la dignidad humana; fulminaba a los enemigos de la libertad; y ya en la alta noche este príncipe de la Iglesia tumbaba su cuerpo fatigado en una dura cama de hierro.

 

La mente de Stepinac era de una sorprendente amplitud como lo demuestra, entre otros aspectos de su múltiple actuación, su sentimiento patriótico, sellado por una no frecuente sensatez. En efecto: tan patriota croata como el que más condenó, no obstante, la antipática virulencia del nacionalismo excluyente y fanático, siempre vecino de la agresión. Oigámoslo: "El amor a la nacionalidad no debe trasformar al hombre en bestia salvaje (...). El amor a su propio pueblo no está en contradicción con el amor a toda la humanidad, sino que se complementan". Un hombre cortado a semejante patrón moral debía atraer el impecable enojo del extremismo. Y el extremismo lo condujo al sacrificio.

 

Stepinac pertenecía a la casta del cardenal Midzsenty, de nuestro monseñor Miguel de Andrea, para quienes el servicio de Dios y de la libertad —si bien se mira lo uno supone lo otro— asumía un valor más encumbrado que el de la propia vida.

 

De él dijo el cardenal Tisserant: "Figura entre los héroes de la Iglesia". Exacto: Aloysius Stepinac entró en la condición heróica porque fue un mártir en el expresivo sentido que la Iglesia confiere a ese vocablo griego (martyr) que significa testigo. El arzobispo de Zagreb supo dar con su largo rosario de penurias, patético testimonio de su fe cristiana, de su esencial humanismo y de su patriotismo, tan hondo como fe-cundo.

 

El porvenir demostrará que sus palabras, su acción infatigable y su sacrificio no habrán sido en vano.