LACERADOS EN CUERPOS Y ALMAS
En el panorama de las ediciones
más recientes, Johann Georg Reissmüller, redactor del FRANKFURTER ALLGEMEINE
ZEITUNG destaca en la tirada correspondiente al 7 de mayo del corriente año los
testimonios de Wendelin Gruber: "En las garras del Dragón Rojo - Diez años
bajo el gobierno de Tito", ediciones Miriam, Jestetten, 1986, 240 págs.,
con numerosas ilustraciones y el precio de 18 marcos. Bajo el título
"Lacerados en cuerpos y almas lo que padecieron decenas de miles de
alemanes en los campos de exterminio", Reissmñller escribe:
En la parte final de su diario, el
padre Gruber, jesuita, hijo de suavos danubianos de Bačka, relata su
cautiverio durante ocho años sufridos en la Yugoslavia comunista, iniciando el
relato a partir de la prisión de Sremska Mitrovica.
Este vívido y sencillo testimonio,
que denota a veces cierta inexperiencia narrativa pero que por eso mismo otorga
verosimilitud a lo descripto, confirma que los detenidos políticos en
Yugoslavia se hallaban expuestos permanentemente a los más crueles maltratos,
tanto antes como después de la ruptura entre Tito y Stalin en 1948. En otras
palabras, los presos políticos pasaban allí tantas penurias como los sometidos
a regímenes como el hitleriano o el stalinista.
¿Y cuáles son las causas de la
detención de Gruber? Tras un largo período de encausamiento, el 5 de octubre de
1948 fue condenado por el Juzgado Distrital de Novi Sad a cumplir 14 años de
cárcel por espionaje y otros crímenes contra el estado. La fundamentación legal
de la pena, al igual que todo el proceso, fueron burdas patrañas. Sin embargo,
algunas afirmaciones del fiscal partían de hechos ciertos. En efecto, durante
1946 el padre Gruber, con insólita habilidad y audacia, se infiltró en
numerosos campos de concentración donde se había recluido a decenas de miles de
suavos danubianos originarios del Banato y de Bačka, en su mayoría
ancianos y niños incapaces para el trabajo. Entre estos infelices solía el
padre Grube morar hasta varias semanas.
Lo que allí vio con sus propios
ojos, sus propios desesperados esfuerzos para mitigar los sufrimientos de los
prisioneros destrozados por las torturas, los relatos oídos allí de boca de los
sobrevivientes, todo ello lo impulsó a llamar a esos campamentos "campos
de exterminio", pues ese era el nombre que mejor les cuadraba. Las
autoridades yugoslavas aniquilaron a decenas de miles de civiles alemanes en
ese tipo de instalaciones (por ej.: Gakovo, Tarek, Rudolfsgnad). Se emplearon
allí para esa tarea todos los medios posibles: el hambre, el frío, los
garrotes, las enfermedades sin atención médica y, finalmente, el tiro en la
nuca. Así murieron ancianos, mujeres y niños, y sus cadáveres fueron enterrados
superficialmente y sin signos de identificación posible.
Allí era habitual que los guardias
fusilasen a una mujer al borde de la fosa común y luego la empujasen con las
botas adentro, frente a los ojos desorbitados del hijo que presenció el hecho.
En Pančevo, sobre el Danubio
y en la orilla opuesta a Belgrado, las autoridaldes habían selleccionado a las
mujeres alemanas más jóvenes, las que, por pertenecer a una raza inferior,
debían servir de objetos sexuales para el goce de los ejércitos vencedores de
raza superior. Cuando entre las mujeres forzadas a vivir en ese gigantesco burdel
la sífilis hizo su aparición, y por lógica consecuencia entre la tropa también,
estas infelices fueron fusiladas de a cientos; previamente se las desvestía por
completo.
Del libro del padre Wendelin
Gruber al menos las primeras 140 páginas deberían ser leídas por todos aquellos
que hoy tienen la palabra con relación a cuales de las categorías de víctimas
alemanas se pretende conmemorar con un monumento a levantarse en el Bundestag
(Parlamento de la R.F.A.) el 25 de abril de 1986. Hay diez oradores inscriptos
para resolver el tema de las víctimas a honrar: Dregger. Ehmke, Beckmann,
Ströbele. Schneider, Conradi, Czaja, Duve, Hamm-Brücher y Honer. Esperemos un
poco y veamos cuál de ellos tiene agallas para divulgar los espeluznantes
hechos revelados por el padre Gruber.