OCCIDENTE ESTA EN DEUDA
LA PRENSA, Buenos Aires de 2-IX-1986, publica bajo el título
de encabezamiento un sustancioso comentario de su asiduo colaborador y analista
perspicaz Raúl Oscar Abdala que reproducimos íntegro:
En el último número de la revista
Studia Croatica de esta capital, Radovan Latković se ocupa de la política
discriminatoria de la que a estas horas es víctima la bella y rica comarca
croata dentro del territorio Yugoslavo que, como se sabe, es un mosaico de
colectividades no todas afines entre sí. Dicho texto, basado en fuentes
creibles, brinda una nueva oportunidad para verter pertinentes referencias y
reflexiones sobre el particular, que a todas luces debe interesarnos.
En la cultura de Occidente
En su larga y trajinada historia
de 1300 años, Croacia ha disfrutado de autogobierno y, además, de una cultura
modelada sobre la base del amalgamiento de elementos nativos con los procedentes
del orbe greco-romano (filosofía, arte, literatura, teología, ciencia). De tal
manera, dicha cultura asumió bien pronto perfil propio, que el curso de los
siglos no ha hecho más que resaltar.
En el marco de la raza eslava, los
croatas fueron los primeros en recibir el bautismo cristiano, un hecho que
nadie que intente en serio conocer a este pueblo viril podría pasar por alto,
atendiendo a la gravitación que una fe ejerce en el complejo de una cultura.
Los croatas han guerreado por años
y años, sin prolongados períodos de sosiego; y en sus cruentas luchas han
defendido al mismo tiempo o alternativamente, tanto su ser colectivo —digamos,
su personalidad nacional, cimentada desde muy temprano— como las bases
culturales de Occidente, del que fueron y siguen siendo una avanzada, conforme
a la peculiar posición de su país en el mapa europeo, a tiro de piedra entre
los mundos del Este y del Oeste.
Hay que añadir, subrayándolo, que
al igual que otros del Viejo Mundo y de América, el hecho de ostentar el pueblo
croata características inconfundibles que le otorgan fuerte personería
nacional, no obstaculiza su inserción en la cultura de Occidente, de la cual
participa por su fe religiosa (entre los croatas el catolicismo es neta
mayoría), por su idea del hombre y sobre todo por su celoso apego a la
libertad.
Quien esto escribe tiene repetida
experiencia de lo siguiente: departir con un croata residente entre nosotros,
es establecer fluida comunicación con un hermano en espíritu, con alguien que
vive y piensa desde los mismos supuestos que los argentinos, occidentales de la
parte austral de América. Realidades vitales, de umbral, nos emparentan, merced
a las cuales, y en un sentido general, simpatizamos y antipatizamos respecto de
las mismas cosas y en sus grandes líneas marchamos en procura de las mismas
metas.
Un anhelo: la independencia
La enérgica conciencia acerca de
su identidad como pueblo, determina en los croatas un anhelo a cada paso más
vivo y acuciante: alcanzar cl pleno goce de la soberanía nacional, que naufragó
cuando se produjo su inclusión en el imperio austro-húngaro. Es por esta
poderosa razón que desde mucho tiempo atrás, y de manera muy acentuada a partir
de la terminación de la Primera Guerra Mundial, Croacia viene siendo objeto de
un infatigable hostigamiento.
Por aquellas fechas se recorta con
nitidez la figura patricia, rayana en la leyenda, de Stjepan Radić,
fundador del partido Republicano Campesino, cuya indeclinable consigna
consistia en el logro de la autodeterminación, a fin de incorporar a Croacia al
concierto de naciones independientes, mediante una política inspirada en la
neutralidad y el pacifismo. Radić luchó brava y tenazmente esgrimiendo el
magno principio de independencia, sin duda compatible con la mejor tradición
occidental. Y fue en defensa de tan noble principio que cayó muerto en 1928,
asesinado a balazos en una sesión del Parlamento. Pero la sangre de Radić
estaba destinada a fructificar, como la de tantos otros mártires de la
historia.
Entre otros, Tito
La necesaria brevedad nos prohibe
demorarnos en la relación de muchos otros percances de la vida de los croatas.
Salteando, recordemos que dos años después del comienzo de la segunda
conflagración, y tras el derrumbe del estado Yugoslavo, la comunidad croata se
pronunció enfáticamente —el énfasis es el tono habitual de la raza— en favor de
la independencia; pero tal actitud originó una formidable embestida, de la que
resultó una sucesión de crueles persecuciones y matanzas que se prolongaron
hasta el 42. Importa señalar que a los represores se sumó Josip Broz, alias
Tito, entonces dirigente comunista espoleado por la ambición de atrapar el
poder, cosa que, en efecto, no tardaría en producirse, para desventura de toda
Yugoslavia y de modo específico del pueblo croata.
Se debe poner de manifiesto que
con el advenimiento del comunismo, a la seria disensión entre las
nacionalidades —muy clara entre croatas y servios— se suma el factor
ideológico, gran suscitador de confusión. Y es aquí donde la parte más
esclarecida de los croatas milita con fervor y valentía contra el marxismo
además de clamar, como siempre, por un status de completa independencia.
Desde entonces, los croatas
pusieron especial ardor en denunciar la falacia esencial del "estado
federativo" con riguroso respeto de las nacionalidades, anunciado por el
ladino Tito. La razón del frontal rechazo croata era de enorme peso: lo que
Tito proyectaba era la consolidación de un régimen ateo, materialista y
masificador, donde las nacionalidades no tendrian cabida, por la sencilla razón
de que la existencia de naciones independientes y culturas nacionales implica
una neta contradicción con la ideología internacionalista y los conocidos
planes hegemónicos del comunismo. (La Unión Soviética constituye un ejemplo de
esta funesta política).
El genocidio de Bleihurg
Tras lo que irónicamente llamaba
"liberación nacional". Tito emprendió en vasta escala una feroz
persecución de opositores (el estilo comunista jamás se desmiente), con
especial incidencia sobre los croatas, probados enemigos suyos. Una de las
vilezas de mayor repercusión, consistió en el procesamiento, condena y
encarcelamiento del cardenal Aloysius Stepinac, un prestigioso prelado de recia
contextura moral y voluntad de acero, que se había singularizado por su
ardiente prédica contra toda suerte de totalitarismos.
Otra demostración de la
intolerancia bolchevique fue la matanza que las referencias históricas
identifican bajo el rótulo de "Tragedia de Bleiburg". Aquellos dantescos
hechos —una de las grandes vergüenzas de nuestro siglo— tuvieron comienzo en la
ciudad austriaca de Bleiburg, limítrofe con Yugoslavia. Al término de la
guerra, centenares de miles de croatas de ambos sexos y toda condición y edad,
fueron asesinados o sometidos a crueles torturas por los comunistas. Hubo
persecuciones de las que resultaron apresadas miles de personas que fueron a
purgar su militancia en el ideal de la libertad o simplemente su condición de
croatas, en campos de concentración. Aquello fue un genocidio en el más
ajustado sentido del vocablo; un genocidio que ha quedado no sólo impune, sino
también ausente de las preocupaciones del mundo occidental cuya cultura y
estilo de vida se asientan sobre la libertad del individuo, el imperio de la
ley y los derechos del hombre y de los pueblos.
Ni siquiera autonomía
Dentro de esta ridícula
"organización federativa" que el actual gobierno yugoslavo recibió en
herencia de Tito, Croacia ni siquiera goza de relativa autonomía. Como otras
nacionalidades —por ejemplo, la eslovena, compañera de penurias e ideales—
sobre ella pesan el gobierno central, opresivo y centralista, y el comarcano,
desempeñado por hombres de nacionalidad ajena, que según leemos, representan
sólo el 13 por ciento de la población total de Croacia. Las medidas de
marginación rigen con toda crudeza. Así, se condena la sola mención del nombre
croata y se execran, prohiben o silencian las manifestaciones cultura-les
propias, incluso las más arraigadas e inocentes.
La deuda
Razones de táctica no siempre
definidas por la prudencia, y en todos los casos reveladoras de graves fallas
éticas, han llevado una y otra vez a Occidente a desestimar la situación de
ahogo que sufren los croatas y con la que se solidarizan sus compatriotas de la
diáspora, todos ellos insomnes en la desigual lucha que libran por constituirse
como nación independiente.
Esta aparente o real indiferencia
por la suerte de una comunidad que exhibe sobrados títulos para ejercer su
soberanía, no se justifica en manera alguna. Y no se justifica por tres
relevantes razones: 1. Todo occidental de fibra debe solidarizarse con aquellas
comunidades deseosas de elevar a status jurídico su vocación nacional; 2. En el
caso particular de Croacia, estamos ante una colectividad que pertenece en toda
su latitud a nuestra cultura: y 3. Croacia figura entre los pueblos animados
por una intergiversable militancia antitotalitaria.
Como en las comunidades del Este
que gimen bajo el sanguinario despotismo del Kremlin, el Occidente está en
deuda con Croacia. Antes de que sea demasiado tarde, esa deuda debe empezar a
ser saldada.