LOS
INMIGRANTES CROATAS EN BOLIVIA
IVO
BORIĆ , Quilmes, Argentina
Es la
primera vez que en las páginas de esta revista se presenta a la colectividad
croata residente en Bolivia que se mencionen nombres de sus pioneros, y los
nombres de aquellos que posteriormente siguieron su camino, dejando entre todos
cl testimonio cle su presencia allí.
Empero,
antes de comenzar a relatar esta pequeña historia, cabe aclarar que en la misma
solo figurarán algunos períodos de vida de la colectividad. El primero arranca
desde mediados del siglo XIX, cuando, tal como se verá más adelante, aparecen
en Potosí jóvenes venidos desde Croacia, atraídos por el "Cerro de
Plata". Siguiendo la trayectoria de la colectividad, con períodos de
diferentes características, se desemboca en el año 1954, cuando el que escribe
deja Bolivia. En consecuencia, en este trabajo se presenta el primer siglo
cumplido de vida de la colectividad.
Como
se obtuvieron los datos
La
idea de reunir informaciones necesarias para la reseña surgió en forma casual y
espontánea. En efecto, a principios de 1951, el que escribe llegó a La Paz. Luego,
por diferentes motivos, visitaba Oruro, Cochabamba, Potosí Santa Cruz de la
Sierra y otros centros, donde le sorprendió la masiva presencia de compatriotas
al frente de la industria minera, empresas de construcción, firmas comerciales,
compañías de transporte automotriz, agencias de turismo, casas de cambios,
grandes hoteles, cines y talleres.
Los
primeros sondeos con fines señalados fueron iniciados en 1951, prosiguiendo con
ciertos intervalos hasta 1954. Intentóse arar hondo, pero surgieron obstáculos
casi insalvables. No solo que no se encontraba con vida ninguno de los que
llegaron antes de 1890 —lo cual no era de extrañar—, sino que tampoco figuraba
el nombre de ninguno de ellos en registros de "Extranjería" de La
Paz, Oruro ni Cochabamba. Era corno para suponer que en aquel período las
autoridades de dichas ciudades no se preocupaban demasiado de los pocos
extranjeros que de tanto en tanto ingresaban en el país, para luego perderse en
su inmenso territorio. Allí, como en otras partes, corrían los tiempos en que
el extranjero podía ingresar libremente, trabajar y prosperar sin ser
registrado, sin poseer documento alguno. Así se borraban los rostros de tantos,
como si jamás hubiesen existido.
Es
posible que la dificultad de hallar rastros de aquellos hombres radique en que
sus apellidos fueron deformados, mutilados, por personal regis-
trante
poco experto en apellidos no latinos. Además, no podría descartarse la probabilidad
de que se los registraba con apellidos mutilados, y además con su nacionalidad
cambiada, como, por ejemplo, "austríaco" "austrohúngaro",
"polaco", "alemán" o "eslavo". En lo referente a
los apellidos deformados o mutilados, existen pruebas de que eso ya había
sucedido en otras partes. En efecto, en la Argentina no resulta difícil
encontrar apellidos deformados, a saber: Zanichi o Zaniche, Toncovici, Marusi,
Radiche o Raditsch. Siempre que no se intente investigar el signilicado y raíz
de estos apellidos, los tres primeros podrían confundirse con apellidos
italianos, y el cuarto, en sus dos diferentes mutilaciones, corno italiano y
alemán, respectivamente. Sin embargo, por su inconfundible e indiscutible
significado y raíz se trata en los cuatro casos de los apellidos genuinamente
croatas: Zanić, Tonković, Marušić y Radić. Las letras
"ić", con las que terminan poco menos que to-dos los apellidos
croatas significan "hijo de", o "descendiente de". De
acuerdo a esta regla, de rigurosa veracidad, Zanić significa hijo de Zane,
Toncović, hijo de, o descendiente de Tonko, etc. Es el caso del apellido
inglés "Johnson" (hijo de John), del español "Diéguez"
(hijo de Diego), del italiano "Dimarco" (hijo de Marco), del ruso
"Pavlov" (hijo de Pavlo), etc. Conclusión: a un siglo de distancia,
más que difícil, resultó imposible rastrear el destino final de las personas
con los apellidos deformados y de nacionalidad incierta.
Ante
la imposibilidad de obtener informaciones precisas respecto a los ingresados
entre 1850 y 1870, en fuentes oficiales, se recurrió a una decena de residentes
más antiguos, todos septuagenarios u octogenarios, llegados al país entre 1890
y 1914. También se recurrió a hijos y nietos de croatas, como asimismo a
residentes ingresados inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. He
aquí sus respectivos nombres: Antonio Bojanić, Jorge Kuljiš, Ivica Kršul,
Tomás Visković y el profesor Vladislavić, todos de La Paz; Jorge
Baković, Jorge Papić, Juan Franulić, Marcos Marinčević
y Juan Stambuk, de Oruro; Marcos Lazaneo y Pedro Restović, de Cochabamba;
Mateo Kuljiš y Antonio Sapunar, de Santa Cruz de la Sierra. Lo que estos
hombres recordaban y narraban, más ciertos testimonios y hechos todavía
"vivientes" que recogió el autor en forma directa, está aquí. Si
hubiere omisiones, como se comprenderá, fueron involuntarias, pues se rastreó
en un pasado casi borrado.
¿Cuando
se inició la emigración croata a Bolivia?
De
acuerdo con las informaciones y los testimonios recogidos en forma descripta,
la emigración de croatas hacia Bolivia se inicia a mediados del siglo pasado;
es decir, varias décadas después que marinos del mismo origen, tripulantes de
veleros "raguseos" (de Dubrovnik), genoveses y españoles habían
comenzado a "desertar" de aquellas naves al llegar a Buenos Aires y
Montevideo, donde comenzaban una nueva vida. El ingreso de aquellos emigrantes
en Bolivia producíase simultáneamente con el ingreso de otros compatriotas en
Chile y Perú. Sus metas eran las zonas mineras. Ello testimonia que ya entonces
se tenía conocimiento en Croacia de la existencia de diversos minerales en
Cerro de Paseo (Perú), de oro en Tipuani y en los arroyos situados entre La Paz
y el Monte Illimani, de plata en Potosí, de cobre, oro y salitre en
Antofogasta, y de plata en Tarapacá. (En estos dos casos, se trataba de
territorios bolivianos, anexados por Chile cuando la guerra del Pacífico).
Al
promediar el año 1850, aparece en Potosí el primer grupo de inmigrantes
croatas. Según relatos de informantes se trataba de Mateo Rendić, Juan
Jakšić, Vicente Vučić y Mateo Dobravčić. Apenas
hubieron llegado, los cuatro se dedicaron a cateos y extracción de mineral de
plata. Durante tres lustros siguientes se les fueron sumando nuevos pequeños
grupos de compatriotas, todos resueltos a seguir los pasos de los primeros,
"arañando" cerros. Muy poco pudo averiguarse respecto al resultado de
sus esfuerzos, y respecto al tiempo que permanecieron todos esos grupos en
Potosí. Lo que sí se supo fue que dos de ellos, Jakšić y Rendić, se
encontraban en 1870 en Antofagasta, con importantes comercios; lo que
testimonia que en Potosí habían amasado cierta fortuna. A partir de 1870, el
cambio de residencia de aquellos pioneros entre las dos ciudades fue incesante.
Voces
que corrían de boca en boca afirmaban que ya antes de 1870 se habían
desprendido del núcleo de Potosí "varios paisanos" para internarse
entre alejados cerros y montañas, entre los blancos picos de la Cordillera, en
busca de aquello por lo que habían trepado el Altiplano; en busca de oro y
plata. Fue esa la hora en la que la fiebre de oro había subido al grado máximo.
Los que luego trasmitieron la noticia a los compatriotas de otras ciudades,
recordaban el nombre de uno solo de esos intrépidos pioneros. Era Gregorio
Marušić, oriundo de Brist, Dalmacia. A partir del día de su alejamiento de
Oruro, transcurrieron semanas, y luego meses, y se cumplían años; pero jamás
nadie tuvo noticias de ellos. ¿Habrían perecido congelados en alguna montaña, o
los cubrieron avalanchas de nieve, o los venció el hambre y el cansancio? Este
interrogante nunca tendrá respuesta.
Durante
las dos últimas décadas del siglo pasado, el flujo de inmigrantes croatas
aumentaba cada año. Aunque se desconoce en qué orden fueron llegando, no hay
duda que en ese período se habían establecido en Oruro. Cochabamba y La Paz,
entre tantos otros, los Vrsalović, Garafulić, Eterović,
Orlandini, Matulić, Sabioncello, Jutronić, Kukoč,
Marinović, Pavić, Vladislavić, Nigojević, Martinić,
los hermanos Kršul, Perinić y Bojanić. La mayoría de ellos (al igual
que de aquellos que también residieron allí, pero no dejaron quien los
recuerde), procedían de las islas de Braè y Hvar, de la costa firme de Dalmacia
y del litoral de Croacia. AI comenzar el siglo actual, el número de croatas que
residían en Bolivia pasaba de anil.
Además
de buscadores de oro y plata y de mineros, los primeros inmigrantes croatas en
el país del Altiplano trabajaban en la construcción de caminos y vías férreas,
en la selva boliviana y en faenas agrícolas. Luego, una vez asentados, una
parte de ellos se dedicó al comercio e industria, a lo que nos referiremos más
adelante.
Tal
como ya era una línea de conducta de las demás colectividades croatas dispersas
por el inundo, la residente en Bolivia siempre supo cultivar la vida social,
cultural y patriótica. Entre 1880 y 1890, residentes de las tres ciudades
principales, La Paz, Oruro y Cochabamba, fundan sendas instituciones, con el
único nombre de "Sociedad Croata de Socorros Mutuos". Casi
simultáneamente, esas instituciones construyen mausoleos sociales en Cochabamba
y Oruro. Ocasionalmente, los residentes realizan colectas, cuyos frutos remiten
a instituciones humanitarias en Croacia.
Entre
1890 y 1914, año del estallido de la Primera Guerra Mundial, varios centenares
de croatas se habían establecido en diferentes zonas del país, particularmente
en Oruro, donde se vivía intensamente la "fiebre del estaño". Un
lustro después comienzan a llegar al país nuevos grupos, generalmente
familiares y coterráneos de viejos residentes. Esa nueva corriente prosigue
hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, hora en la que el número total
de ingresados era superior a dos mil. En esos años, la presencia de croatas era
notable en todas las actividades, y en toda Bolivia: La Paz, Oruro, Tarija,
Potosí, Sucre, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra, Beni, etc.
A
continuación consignamos la nómina parcial de inmigrantes de la colectividad,
que pudieron ser rescatados, y que participan en distintas ramas de la
actividad, donde no pocos de ellos se destacaron, y ocuparon una envidiable
posición.
Industria
minera (período 1850-1954). Mateo Rendić, Juan Jaksić, Vicente
Vućić, Mateó Dubravčić, Gregorio Marušić, Pedro Zec,
Pedro Tadić, Antonio Bojanić, Juan Restović, Ivo Orlandini,
hermanos Nigojević, Pedro Sapunar, hermanos Vrsalović, Jorge
Petrinović (uno de los principales propietarios de "Fabulosa
Mines" de Miyuni y, entre 1910 y 1923, socio del industrial de salitre
Pascual Baburica, en Antofagasta e Iquique); Kršul Hermanos, Jorge
Baković, Jorge Papić, Martín Marušić, Juan Franulić, más
una lista de empresarios mineros, de los que tan sólo se recuerdan sus
apellidos, a saber: Marinović, Tadić, Sapunar, Kukoč,
Sabioncello, slatulić, Garafulić, Eterović y Marinović.
Construcción
(período 1890-1954): Ingeniero Vladislavić, constructor de la central
eléctrica de Sucre; Esteban Katunar, empresa constructora de Tarija;
Kovačev Hnos., constructores de La Paz; Poklepović,Construcciones, de
Tarija; Ivica Kršul, empresa líder de construcciones en todo el Altiplano,
entre cuyas obras se destacan numerosos edificios de Oruro, el centro comercial
"Camacho", el rascacielos del Ministerio de Guerra, cuarteles de
Miraflores y el "Edificio Kršul", el más grande de La Paz (sede de
embajadas, del Hotel La Paz, cine "Tesla" y oficinas comerciales);
Esteban Kuljiš, constructor de edificios, de Cochabamba, Oruro y La Paz, y del
estadio orureño; Tomás Visković, constructor de residencias y viviendas de
La Paz; Ernesto Eterović, constructor de edificios de departamentos de La
Paz; ingeniero Andrés Dešković, constructor de casas de departamentos de
La Paz.
Empresarios
hoteleros (período 1920-1954): Antonio Eterović, Juan Cašić, Natalio
Sapunar (Oruro); Juan Sapunar e Ivica Kršul (La Paz) y Marcos Lazaneo
(Cochabamba) (Kršul es propietario del moderno hotel "La Paz" y
Laianeo es propietario de los dos hoteles más importantes de su ciudad, el
"Cochabamba" y el "Ambassador").
Comercio
de importación y exportación (período 1920-1954) : Baković Hnos., Ivo
Orlandini, Vrsalović Hnos., Eterović Hnos., Juan Restović, Juan
Štambuk, Jorge Papić, Marinčić e hijo, Marcos
Marinčević, todos de Oruro; Ivica Kršul, Esteban Kuljiš, Jorge
Kuljiš, Juan Papić, de La Paz, y Mateo Kuljiš de Santa Cruz de la Sierra.
Transporte
y turismo (período 1940-1954): "Compañía Transcontinental",
asociados, Dragan Vladislavić, Antonio Dolšner y Pablo Šegvić (La
Paz)
Periodismo
y cultura (período 1940-1954): Ivica Kršul (editor del periódico
"Acción" entre 1940 y 1945) ; Mateo Čuturić, colaborador de
"El Diario" entre 1952 y 1955; Juan Borić, redactor del diario
"Presencia", colaborador del "Ultima Hora" y "El
Diario", director de "Hora Centroeuropea", transmisión semanal
por C P. 33 Radio Bolívar; profesor Vladislavić, colaborador de "El
Diario" y catedrático de la Universidad de San Andrés; fray Blas
Stefanić, escritor, conferencista de Radio Illimani.
Hasta
aquí los nombres de aquellos inmigrantes que, en mayor o menor escala,
conocieron éxitos y algunos también la sonrisa de la fortuna. Posible-mente,
hubo otros, que también vieron coronados con éxito sus esfuerzos, pero a la
hora de escribir estos renglones ya nadie los recordaba. Y menos aún se
recordaba a aquellos que de sus esfuerzos de largos años no cosecharon más que fracasos.
Y no fueron pocos. Es que casi todos los inmigrante; croatas residentes en
Bolivia dedicaron algunos años de su vida al quehacer minero.
Ahora,
antes de ponerle el punto final a la presente reseña, como un acto de
admiración y reconocimiento, como un homenaje a todos los trabajadores de
minas, descubridores, cateadores y aquellos que descienden en los socavones
para arrancar el mineral de las entrañas de la tierra, es oportuna una breve
referencia a un prototipo de hombre de minas, símbolo de voluntad y tenacidad,
de esperanza y fe: Martín Hlarušić, oriundo de Brist, Dalmacia.
Martín
llegó a Bolivia en 1924, empleándose en la empresa minera de un compatriota
establecido en Oruro. Allí permaneció durante siete años, siempre escuchando
hablar de estaño, y de plata y oro, que, según algunos "había en
abundancia" en todos los cerros y montañas de Chuquisaca, Potosi y Oruro.
Un día decidió tentar la suerte. Internóse en una región montañosa, situada a
varias decenas de kilómetros de Oruro, llevando por todo alimento algunas
conservas y galletas. Una y otra vez regresaba a la ciudad, y volvía a partir. Alguien
le observó que, años antes, de esa misma manera misteriosa se internaba en las
montañas otro Marušić, y que jamás había regresado. Solo Martín sabía que
se trataba de su tío abuelo, a quien él nunca había conocido. Aquél había
emigrado antes de; clue Martín naciera. Aquella tragedia le causaba tristeza,
pero miedo a la montaña, no. Además, 61 estaba firmemente decidido a lograr lo
que Gregorio no pudo lograr. Y se internó una vez más. Remontó cerros y
montañas una y otra vez. Abrió mil hoyos. Movió rocas. Soportó aluviones de
agua, ráfagas de viento y tormentas de nieve. Pese a ello, su determinación no
cedía. Solo pensó descubrir valiosos minerales, y hacerse rico como lo habían
logrado en Chile Baburic.i y Petrinovié, para luego regresar a su aldea natal. ¿Obsesión?
¿Locura, que en tantos produce la fiebre de oro? !Quién podría saberlo! Algunos
afirman que todo hombre de minas, por su intrepidez, es fácil presa de obsesión
y locura.
Aquella
internación ya duraba una semana. Una semana subiendo y bajando de cerros y
montañas, durmiendo en cuevas. Finalmente, una tarde, cuando ya se le acababan
los alimentos, clavó el pico debajo de una roca, arrancando de allí un pequeño
bloque con filones amarillos. ¡Era oro! Con un nuevo golpe de pico arrancó otro
trozo de piedra con filones amarillos. Cavó un boquete más grande y se encontró
con más oro. Tapó luego la pequeña caverna con piedras, y se echó a dormir. Al
amanecer el nuevo día, miró a su alrededor, hizo unas anotaciones y dibujos en
una libreta, para luego emprender el regreso a Oruro. Subiendo y bajando
cerros, sin detener-se, caminó toda la jornada. Su guía era el sol. Al
ocultarse éste tras las montañas, se acostó y se durmió. Al día siguiente
prosiguió su marcha, y cuando ya caía la noche vio a lo lejos luces de la
ciudad.
Oruro
no es una urbe demasiado grande, y todos se conocen. Ningún secreto dura mucho
tiempo. Las repetidas ausencias de Martín habían sido observadas por no pocos. Y
comenzaba el asedio, y bombardeo de preguntas, comunes, por otra parte, en una
ciudad minera. Pero el nuevo rico sólo daba respuestas vagas. Toda vez que
ingresaba a su habitación, revolvía trozos de las rocas recogidas, y se ponía a
pensar cuál sería cl paso siguiente que debía dar. Se le ocurrió visitar a un
ingeniero de minas, y éste, al ver una de las muestras, exclamó: "¡Estamos
frente a un importante hallazgo! La muestra testimonia la presencia de oro en cantidad.
¿De dónde procede?" Martín respondía con evasivas. El ingeniero se ofreció
como socio con capital para explotar la mina, previa verificación de su
existencia. Pero Marušić no soltaba su secreto. Se separaron. Luego se
inició un asedio contínuo y amenazas, amenazas de muerte inclusive. Martín
pensó que si en Oruro su vida corría peligro, en las montañas no valdría nada.
El
tiempo se acababa. Consciente del peligro que corría, pues no ignoraba que el
oro era causante de muchos asesinatos, Martín optó por conservar su vida,
dejando el oro para una oportunidad mejor. Y una noche, ataviado con su poncho
que pocas veces había puesto, subió al tren rumbo a La Quiaca, de donde luego
pasó a San Antonio de los Cobres, capital del por entonces territorio de Los
Andes. Pocos días más tarde, a escasos kilómetros de esa localidad, se entregó
una vez más al trabajo de cateo. Alguna veta interesante de mineral habría
encontrado, puesto que no tardó en viajar a Buenos Aires para gestionar, ante
la Dirección de Geología y Minas, la autorización para el cateo, que él ya
había iniciado. Regresó a Los Andes, prosiguiendo con el trabajo comenzado. Pero,
aunque Martín aún era joven, su corazón ya no resistía las alturas. Y dejó de
latir. Otros temerarios buscadores de minerales lo encontraron congelado un día
de junio de 1934, junto a un hoyo, con su pico clavado en el suelo. Aquél hoyo
le sirvió de tumba. Los casuales sepultureros, piadosos, cubrieron su cuerpo
con piedras que Martín mismo había extraido del lugar. Con el pico y la pala
formaron una cruz, clavándola entre las piedras. No tenían dónde ni con qué
escribir su nombre. Y allí quedó, lejos de su mina de Oruro. Lejos también de
su aldea natal. Otro minero, otro Marušié que muere víctima de la ira del
mineral y de la montaña. Martín representa el lado menos conocido de la vida
dei hombre de las minas.
Los
hombres que desfilaron a lo largo de esta reseña, y otros cuyos nombres no
quedaron registrados en libro alguno, constituyen la mejor carta de
presentación de la colectividad croata de Bolivia.