TITOISMO Y CASTRISMO EN LA CIENCIA POLITICA NORTEAMERICANA
Bogdan Radica

La ciencia política en los Estados Unidos está debatiéndose y busca una salida orientadora de los meandros de la dialéctica comunista. Durante los años de la posguerra, en todas las importantes instituciones docentes norteamericanas se fundaron institutos y secciones para el estudio de los problemas soviéticos y comunistas. En ningún otro país se editan tantos libros, publicaciones, estudios y ensayos acerca de la vida política, social, económica y nacional de la Unión Soviética como en los Estados Unidos. Jóvenes especialistas, que durante o después de la segunda guerra mundial estuvieron en Rusia y Europa suroriental y occidental, a su regreso, en vez de dedicarse al "business", se inscribieron en colegios y universidades, obtuvieron diplomas doctorales y siguen ocupándose de los problemas del mundo comunista, publicando tesis, disertaciones, libros y estudios sobre el comunismo, esforzándose por comprender su filosofía, su teoría y su doctrina. Al lado del estudioso americano, dedicado a los problemas del comunismo, apareció el refugiado de Rusia y de otros países sojuzgados por el sistema comunista, al conocimiento de cuyo mundo él contribuye con su aporte, el que, si bien recibido con prevención y reserva, se incorpora a los esfuerzos tendientes a esclarecer científicamente los problemas del comunismo.

En resumen, todo el esfuerzo señalado y el enorme aluvión de la indagación científica constituyen un fenómeno extraordinario, digno de tenerse en cuenta. Significa, de todos modos, una nueva orientación de la ciencia política norteamericana en cuanto al estudio de las ideas y las corrientes, regidoras de un mundo que desde ya representa la mayor preocupación para los EE.UU. con respecto a su política exterior ,y al empleo de sus fuerzas. Con el correr de los años, los mismos problemas se plantearán a las demás naciones americanas.

Al constatar los esfuerzos crecientes, tendientes a comprender cada vez mayor participación comunista en la dirección del mundo, junto con el progreso soviético en el campo científico y tecnológico, es menester destacar que ese esfuerzo norteamericano no es coordinado ni pragmático, lo que debería ser, sino generalmente indefinido, nebuloso, fuera de la realidad. El hombre de estudio norteamericano, que casi siempre dispone de todo el aparato de la ciencia política de su país, cuyo rasgo fundamental es la objetividad fría, una ciencia concebida en sentido horizontal dedicada a recoger y sistematizar meros hechos, números, cifras y datos estadísticos sacados por regla general de las fuentes comunistas, a través de los cuales la realidad se deforma y diluye en la fluidez de las tesis, planteadas hábilmente; este hombre de estudio a menudo se convierte en víctima de ineludibles malentendidos. Cuando recorre los países bajo dominio comunista, provisto de cuantiosos fondos suministrados por distintas Fundaciones, se detiene en la superficie, rara vez cala hondo en la esencia y la realidad del país respectivo, siendo víctima de la propaganda oficial. Hasta en caso de lograr percibir la diferencia entre la teoría y la práctica comunistas, teme señalarla. Se cuida de ser considerado subjetivo y unilateral, por ser eso, para la ciencia norteamericana, pecado grande e imperdonable. La virtud principal de la ciencia norteamericana sigue siendo el reconocer al adversario todos sus lados positivos. El entablar polémica con el enemigo se considera cosa indigna, ajena a la ciencia.

La ciencia política de los EE.UU. estima que debe ser objetivista y positivista. Todavía subestima las fluctuaciones políticas, como éstas surgen en la historia, y es propensa a considerar toda problemática con criterio económico y materialista. Según las concepciones del científico norteamericano, la economía es el camino más seguro para abordar y enfocar cada situación. Ese camino, tal como lo trazó Charles Beard, tiene mucho en común con las concepciones de los teóricos marxistas, aunque no lo reconozca. Dicho camino, no cabe duda alguna, es el más fácil y más superficial, pues acumulando hechos, colocándolos horizontalmente y en superficie, de modo matemático, se llega a resultados convincentes. El camino de la imaginación y la intuición, el de los imponderables históricos que siempre fueron la clave para conocer y comprender los fenómenos históricos, especialmente en los períodos fluctuantes de las revoluciones, le es desconocido al estudioso norteamericano. El, como si temiera todos esos elementos, que a su vez han formado a los hombres políticos europeos con la fuerza de los hechos políticos, prefiere permanecer en un plano restringido de estudio de los meros hechos, sin investigar sus causas remotas e inmediatas. Su propósito principal es ser objetivo en tiempos en que no existe objetividad, puesto que la revolución está en plena gestación y el globo terráqueo se hallá envuelto por llamas y niebla caótica, de la que nacerá un mundo nuevo, no definido aún.

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