DESDE LA HISTORIA A LA REALIDAD ACTUAL

Durante la guerra 1941-45 Yugoslavia existió ficticiamente como el Gobierno Yugoslavo en el exilio. Fuera de esta existencia jurídica ficticia, Yugoslavia no existía en la realidad efectiva. Parte de su territorio fue anexado por Alemania, Italia, Hungría o Albania, respectivamente. Una parte fue ocupada directamente por Alemania, las tierras centrales fueron abarcadas por el Estado Independiente de Croacia bajo la influencia decisiva política y militar alemana (hasta septiembre de 1943, también parcialmente italiana). Este Estado croata, a pesar de no haber sido reconocido por la mayoría de los Estados neutrales y, por supuesto, por los Aliados mismos, era un hecho incuestionable. Además, el país estaba devastado por la guerra interna entre tres contrincantes que luchaban por el futuro destino del mismo y el poder en él una vez terminada la gran guerra. Los croatas, guiados por el régimen ustaša, lucharon por la independencia de Croacia, una concepción política contraria a cualquier comunidad política yugoslava. En el otro extremo estaban dos concepciones de una Yugoslavia futura, opuesta entre sí. Los četniks serbios profesaban un futuro Estado centralista y hegemonista en manos de ellos mismos, con partidarios únicamente entre la población serbia-chovinista. Los partisanos, un movimiento comunista, compuesto por los comunistas de varias nacionalidades, disfrazado de federalista, democrático y de liberación de todos. Fue lógica la oposición de la mayoría nacional croata a estas dos concepciones, a pesar de no estar de acuerdo con todo lo que hacía al régimen de los ustaša y prescindiendo que un escaso número de la población croata participó en las filas de los partisanos. El derecho a la propia autodeterminación nacional y las ideas democráticas fueron los supremos valores políticos del pueblo croata. Las aberraciones en uno u otro sentido que no coincidían con este sendero fueron un fruto indeseable, impuesto por las circunstancias como una fuerza mayor, más fuerte que el propio derecho y la voluntad.

Era de esperar que los británicos (a cuya esfera de influencia pertenecía Yugoslavia), políticos experimentados y buenos conocedores del asunto ya desde la época de la preguerra, iban a elaborar ideas precisas y un plan de principios básicos para un nuevo orden de posguerra y asegurarle a aquel espacio la seguridad y la paz. La experiencia del pasado imponía ideas y estructuras nuevas. Hacer entrar por segunda vez en sus cálculos la existencia de una Yugoslavia contraria a la realidad geopolítica con las consecuencias inevitables de diferencias de varias civilizaciones e intereses nacionales, fue una política muy equivocada. Ha prevalecido un criterio anticuado, otorgando un significado político-militar a aquel país que no lo tenía.

Descartando el elemento ustaša por completo como factor de futuro, los británicos, en base a un criterio completamente absurdo, consideraban a los četniks serbios como representantes legítimos de todos los demás pueblos de Yugoslavia, a pesar de que se trataba de una fuerza político-militar estrictamente limitada a Serbia y a la población serbia en las tierras croatas.

Un error similar se cometió al valorar la verdadera naturaleza del movimiento de partisanos. Por un lado se aceptó la idea, impuesta por su propia propaganda, que ese movimiento representaba a todos los partidos existentes a su tiempo en el país, a todas las ideologías democráticas y, de acuerdo con ello, a los intereses de todos los pueblos de Yugoslavia. Por el otro, buscando un embrollo nacional, se declaraba a los partisanos como un movimiento croata, tratando de conseguir un acuerdo entre ellos y los četniks, que serviría de base para resolver los problemas de la organización de Yugoslavia de posguerra.

Pero más que un orden de esta índole, a los británicos les preocupaban los problemas inmediatos militares en lucha contra las fuerzas del Eje. Sin una visión más amplia, la política británica se resumía en fórmulas vagas e indefinidas como ser: "la política británica consiste únicamente en la libertad, independencia y la unidad yugoslava"[33]. En este plan muy impreciso cabían todas las posibles interpretaciones: la restauración de la Yugoslavia anterior, centralista y de carácter gran serbio hegemonista de acuerdo con los deseos de los serbios; una Yugoslavia nueva, verdaderamente federal, democrática y liberal, como le convendría más a otros pueblos; tampoco se excluía la posibilidad de una Yugoslavia comunista, presentada en fórmulas y programas que serían la expresión de la voluntad mayoritaria de los pueblos. Pero todas estas ideas se reducían al plan inmediato de acción: ¿a quién dar el apoyo político y militar? ¿A los "cetniks o a los partisanos? Según las informaciones de las misiones político-militares británicas, en los cuarteles de los rebeldes los partisanos combatían contra los alemanes, mientras los četniks o colaboraban con el enemigo o se quedaban pasivos. Fue ésta la causa principal por la cual los Aliados en la Conferencia de Teheran (1943) abandonaron a los četniks y volcaron el peso de su apoyo a los partisanos.

Recién en la última fase de la guerra, precisamente en la segunda mitad del año 1944 y, por sobre todo en 1945, cuando el ejército rojo ya operaba en los Balcanes y cuando fue evidente que sus operaciones no tenían solamente fines estratégicos, sino también ambiciosos planes políticos al apoyar moral y militarmente a Tito se quitó la careta democrática y mostró su verdadero rostro de comunista, los Aliados comprendieron que Yugoslavia iba a ser perdida para Occidente. En consecuencia, tuvieron que intentar en varias tentativas directas con Moscú de restablecer el equilibrio en aquella zona con vistas a la situación de posguerra. A continuación reproduciremos algunos párrafos del Memorandum del Foreign Office del 4 de junio de 1944 como confirmación de lo que decimos y que demuestra con claridad la falta de ideas precisas en cuanto al problema de la expansión del poder soviético en los Balcanes: "Analizando la política soviética en los Balcanes —se decía allí— resulta necesario delinear desde el comienzo la diferencia entre lo que se entiende como la 'comunización' de los Balcanes y la extensión de la influencia rusa en aquellos países". Formulando dudas en cuanto a la "comunización en aquellas condiciones", el Memorandum continúa: "La extensión de la influencia rusa es, sin embargo, algo diferente que nos interesa muchísimo más". Luego añade: "...si hay culpa por la actual situación en que los movimientos dirigidos por los comunistas representan elementos más fuertes en Yugoslavia y Grecia, esta culpa es nuestra". El punto 5 es de suma importancia en este sentido: "El interés histórico de Rusia en los Balcanes se ha manifestado siempre en la decisión firme de no permitir la dominación sobre los mismos por parte de ningún otro poder, dado que así se pondría en peligro estratégico a Rusia. Así, por ejemplo, a fines del siglo XIX, cuando el imperio otomano se descomponía, la alianza entre Rusia y Austro-Hungría se transformó en rivalidad abierta a causa de sus respectivas pretensiones de obtener el control sobre los Balcanes. El proyecto ruso de una gran Bulgaria con salida al Mar Egeo en especial, llevó a Gran Bretaña y a Austria al acuerdo de combinar cómo frenar la extensión de la influencia rusa en la Europa suroriental. Los acontecimientos ulteriores como la anexión austríaca de Bosnia y Herzegovina y las guerras balcánicas de 1912-1913, son movimientos del gran juego que Rusia y las potencias centrales desarrollaron por el poder en los Balcanes. Ahora cuando bajo el impacto de la victoria el Gobierno soviético está reavivando la política tradicional de Rusia, es lógico que este Gobierno luche otra vez por la supremacía en los Balcanes y que espere, sin duda, conseguirla con medios idénticos, es decir, tratando de formar allí gobiernos que podría controlar. La diferencia reside en el hecho de que nosotros en el siglo XIX teníamos a Austria como aliado para oponerse a tales intento rusos, mientras actualmente no tenemos a nadie con cuyo apoyo podríamos contar".

Resumiendo todo lo que el Gobierno ruso podría hacer en varios países balcánicos, el documento expresa entre otros conceptos:

"En Yugoslavia surgirá Tito por su propio esfuerzo como fuerza dominante... En cuanto a Grecia, los rusos mostraron en principio poco interés por los acontecimientos en este país. Hace dos meses aproximadamente, ellos empezaron abiertamente a dar su apoyo al EAM. Esto nos preocupa... por el peligro de unir a largo plazo, los movimientos Prorusos en Yugoslavia, Albania y Grecia...". Para dar una respuesta a lo que deberían hacer los ingleses para contrarrestar las ambiciones soviéticas, el Memorandum sugiere: "A. Suprimir nuestra ayuda a los movimientos dirigidos por los 'comunistas' en la Europa suroriental y reforzarla para los elementos moderados. La sugestión de suprimir la ayuda a Tito, ahora mismo o en una fecha prevista para el futuro, no puede tomarse en consideración...". "B. Dar pleno apoyo a todos los elementos 'comunistas' con el fin de influir sobre ellos en nuestro sentido y quitar el viento de la popa soviética. Esto involucraría la supresión de nuestro apoyo a los reyes y sus gobiernos respectivos, el yugoslavo y griego. Esto parece posible, pero sumamente difícil en el caso de Yugoslavia...". "C. Entrar en contacto con el gobierno, soviético a fin de conseguir un acuerdo mutuo de no mezclarse en la política balcánica...". "D. Asegurar nuestra influencia en los Balcanes mediante la consolidación de nuestras posiciones en Grecia y Turquía..., evitando cualquier reto directo a la influencia rusa en Yugoslavia, Albania, Rumania y Bulgaria..."[34].

Estas fueron las ideas generales que sirvieron de base para el acuerdo entre los Estados Unidos y Gran Bretaña por un lado y el gobierno soviético por el otro en la famosa Conferencia de Yalta (1945), oportunidad en que se había establecido —o se creía así— el equilibrio político y estratégico en el sureste de Europa. Típico de este acuerdo es que se reconocía la preponderancia soviética en Rumania y Bulgaria por parte de los Aliados occidentales, mientras los soviéticos hacían lo mismo en cuanto a la preponderancia occidental en Grecia y Turquía (Bósforo y Dardanelos), lo que significa una repetición de la constante histórica que caracteriza la política tradicional de los dos contendientes en aquella área geográfica.

En cuanto a Yugoslavia, la influencia de ambas partes fue fijada en la proporción del 50%, pero no en el sentido de la división territorial (lo que habría sido lógico si se hubiera respetado la realidad geográfica y las enseñanzas de la historia), sino en la forma de una división del poder en aquel país —el 50% para los comunistas de Tito y el 50% a las fuerzas "democráticas" del gobierno monárquico en el exilio.

Con esto no se repitió la política tradicional europea (formulada lúcidamente en el punto 5 del Memorandum que mencionamos arriba), sino más bien la repetición del grave error del año 1918 al fundar un Estado que abarcaba territorios de ambos lados de la línea divisoria establecida por la geografía, la historia y la civilización, con pueblos diferentes y que pronto se convirtió en un permanente foco de la inestabilidad política y estratégica con consecuencias incalculables.

Este error fue agravado aún más por el hecho de que los soviéticos habían conquistado (y luego sometido a su poderío político, estratégico e ideológico) a Hungría, Checo-Eslovaquia y a una parte de Austria. Además, en Albania también se impuso un régimen comunista, y Tito, por su parte, inmediatamente de terminar la guerra no respetó los compromisos de Yalta, eliminando a elementos "democráticos" del poder y convirtiendo su propio régimen en el satélite más adicto al Kremlin y más opuesto a Occidente. Todo parecía indicar que Stalin vería cumplidos los sueños de sus antecesores —los zares— no sólo en el Mar Egeo, lo que fue el único objetivo político-estratégico de la política rusa en el pasado, sino también en el Mar Adriático, lo que ocurriría por primera vez en la historia y lo que sería peor aún porque significaría la penetración soviético-rusa en el mismo corazón de Europa.

La herejía de Tito (1948) y la posterior alineación de Albania con los chinos, alivió la situación en el sureste europeo. El centro de gravedad de la crisis se desplazó hacia la Europa Central, con su punto más candente en Berlín. Occidente formó entonces la OTAN como una organización netamente centroeuropea. El sur de Europa tenía sólo un papel secundario. Italia tendría que cubrir el flanco de Austria y servir como zona de contacto con Grecia; Grecia y Turquía debían servir como zonas avanzadas para el emplazamiento de los misiles americanos, todo con el único propósito de proteger el flanco sur de Europa. Un papel muy similar le fue confiado a Noruega, Dinamarca e Islandia en el flanco norte de Europa.

La ruta mediterránea hacia el petróleo del Cercano y Medio Oriente (?) parecía estar segura. Los países árabes eran en parte amigos de Occidente y en parte estaban bajo su directa dominación: en algunos de los mismos se encontraban bases militares americanas. Yugoslavia, en querella con Stalin, dependía completamente de la ayuda occidental para poder sobrevivir. Así el sureste europeo con el Mediterráneo parecía tan seguro que todos los problemas al respecto tenían un carácter secundario, comparados con los de Europa central.

Pero con el correr del tiempo cambió la situación. En 1954 Inglaterra firmó con Egipto el tratado a raíz del cual sus tropas abandonaron la zona del Canal de Suez. En 1956, Marruecos y Túnez consiguieron su respectiva independencia. En el curso del mismo año Nasser nacionalizó el Canal. En 1962 Algeria obtuvo también su independencia después de doce años de luchas muy sangrientas. En 1965, después de la visita de Krushchev a Belgrado, mejoraron las relaciones ruso-yugoslavas. Al mismo tiempo el conflicto israelí-árabe se agudizó al extremo de que terminó en la guerra y la derrota árabe en 1967. Los soviéticos ofrecieron a Nasser la ayuda negada por Occidente y estrecharon sus lazos con otros países árabes, proporcionándoles armas en abundancia. Así el Mediterráneo cesó de ser el mar exclusivamente occidental. Se creó allí un vacío político-estratégico, en el cual entraron los soviéticos, ejerciendo su influencia en todo el mundo árabe mediante la propaganda y con la presencia de su flota.

La invasión soviética de Checo-Eslovaquia en 1968, un hecho grave por sí mismo, creó el peligro, potencialmente más grave aún por la posibilidad de avances soviéticos ulteriores, no hacia la Europa central defendida por la NATO, sino en dirección a los países indefensos, pero que les cerraban el acceso al Mediterráneo, es decir, hacia la "zona gris". Consideramos de sumo interés ocuparnos un poco de este término "zona gris". Con él estaban ligadas muchas esperanzas y temores en aquel momento, pero esta ocurrencia puede repetirse con mayor importancia en el futuro no lejano. Así, por ejemplo, la revista americana "Time" dio la siguiente definición de la "zona gris": "Son los pequeños países comunistas o neutrales que podrían ser objeto de la invasión rusa"[35]. En discusiones posteriores se aclaró que se trataba de Yugoslavia, Austria y Albania. Posteriormente se agregaba también a Rumania.

El término mismo tomó su origen en algunos pasajes del Comunicado Final de la OTAN en noviembre de 1968 y en los comentarios periodísticos al respecto. En el documento mencionado se decía: "Las pretensiones de los líderes soviéticos de que tengan derecho a intervenir en los asuntos de otros Estados, condenados de estar dentro de la así llamada 'comunidad socialista'... es peligrosa para la seguridad europea y despierta inevitablemente graves temores. Produce temores por el uso ulterior de la fuerza también en otros casos... "Evidentemente, cualquier intervención soviética que afectara directa o indirectamente la situación en Europa y en el Mediterráneo, crearía una crisis con graves consecuencias..."[36] Este enérgico lenguaje despertó muchas esperanzas en la prensa europea. El semanario holandés "Elseviers Weekblad'' comentaba: "...hay una nueva expresión en el lenguaje de los círculos político-militares: la zona gris. Las fronteras de la Alianza Atlántica fueron movidas hacia adelante con esta expresión. Los aliados occidentales reaccionarían no solamente si el territorio de la OTAN fuere amenazado, sino también si los rusos violen el status quo en la Europa del norte, el centro o el sur"[37].

"Die Welt" escribió que el concepto "zona gris" "era el punto decisivo en la política y la estrategia de la OTAN" y agregó: "Si el comunicado de Bruselas no es más que un tigre de papel, los acontecimientos en Checo-Eslovaquia y en el Medio Oriente incitarán a la NATO a dar un paso más adelante hacia una estrategia de seguridad avanzada de tal manera que la Alianza no se quede atrincherada detrás de sus propias líneas de defensa esperando la agresión y dejando simplemente el área gris entre los dos Pactos a merced de la otra parte"[38].

El diario holandés "Trow" observó: "Hace años que el comunicado final del Consejo de Ministros de la OTAN no contenía un lenguaje tan claro y firme... (los ministros) no solamente condenaron vigorosamente la acción rusa contra Checo-Eslovaquia, sino también sirve como advertencia ante cualquier intervención ulterior"[39].

Pero con el correr del tiempo no tardaron en aparecer dudas de que el comunicado de Bruselas no fue más que un alarde verbal, dado que "mientras la Unión Soviética, seguida por sus aliados del Pacto de Varsovia, persiste en expandir sus fuerzas... la brecha cada vez más ancha provoca causas de alarma"[40]. En lugar de reforzar el dispositivo de la OTAN en Europa, se depositaron todas las esperanzas en la política de distensión y la colaboración en lugar de la confrontación."

"Una de las características de esta política (las hay positivas y menos positivas) que valdría la pena destacar es que, tomada en su totalidad, ella tiende por un lado a la conclusión de acuerdos de carácter global (Salt y acuerdos comerciales de proporciones gigantescas entre los Estados Unidos y la Unión Soviética) y del otro hacia la estabilización del equilibrio en la Europa Central (Conferencia de Seguridad y Cooperación, concluida en Helsinki en junio de 1975 que legalizaría las conquistas soviéticas en Europa al terminar la Segunda Guerra Mundial y, por fin, la Conferencia para la reducción balanceada de fuerzas en la Europa Central). Pero con todo esto, se toca sólo marginalmente el equilibrio y la seguridad en el sur de Europa y el Mediterráneo, dejando la puerta abierta para nuevas crisis en cualquier momento". La disminución de la tensión en la Europa central, donde la Unión Soviética trata principalmente de legalizar mediante una ley internacional sus conquistas hasta el río Elba, ha aumentado automáticamente la presión soviética en los flancos sur y norte".. "el concepto básico del Estado Mayor soviético es envolver a Europa a través de sus flancos húmedos. A la luz del conflicto en el Oriente, agrandado por la crisis del petróleo y las actividades de la flota americana y soviética, la situación en el flanco sur hay que considerarla particularmente crítica"[41].

Sea como fuere, la situación en el sur de Europa y el Mediterráneo ha empeorado. El conflicto israelí-árabe se ha agudizado al extremo. A lo mejor, sería exagerado suponer su degeneración en una guerra nuclear, pero todo induce a creer que podría provocar una nueva crisis del petróleo con consecuencias que no deseamos ni mencionar aquí. Hay que agregar también, en este sentido, consideraciones relacionadas asimismo con el conflicto chipriota con la lógica tensión entre Grecia y Turquía por un lado y por el otro entre esos dos países y los Estados Unidos, lo que debilita el dispositivo de la OTAN en este sector tan importante. Hay crisis en Portugal, cuyo desenlace definitivo no se puede prever. Hay crisis política y económica en Italia que podría preparar la entrada al gobierno de su partido comunista, el más grande fuera del "campo socialista".

En una palabra, el sur de Europa, con el Mediterráneo, constituye actualmente el punto más débil en la estrategia norteamericana y la occidental en general.

Por supuesto que a esta área tan crítica pertenece también Yugoslavia. Acerca de su suerte se habla muchísimo y se prevén crisis de consecuencias graves. La ambigüedad de su posición reside en que ella no pertenece formalmente a ninguno de los dos bloques y nadie tiene la obligación de defenderla. Ella es, en efecto, el punto más vulnerable dentro de la "zona gris" según la opinión occidental. Sin embargo Moscú no es de esta opinión. Replicando al ya mencionado comunicado de la OTAN, Moscú niega implícitamente la pertenencia de Yugoslavia a esta zona. El diario búlgaro "Narodna Armija" (eco fiel de Moscú) del 20 de noviembre de 1968 escribió que "la advertencia de la OTAN a la Unión Soviética concierne en primer término a Yugoslavia y Albania" y que la nueva doctrina de la OTAN pretende convertirla en el defensor de todos los países del mundo, incluyendo a los países de la 'comunidad socialista'. La agencia Tass termina una noticia del 23 de noviembre de 1969 con las siguientes palabras: 'Tass está autorizada a declarar que cualquier acción de los miembros del bloque militar de la NATO será tomada en consideración para contramedidas apropiadas junto con otros miembros del Tratado de Varsovia, para salvaguardar la seguridad de los países de la comunidad socialista'. En ambos casos el término 'comunidad socialista' se refiere a Yugoslavia y Albania. Todos los analistas de renombre están de acuerdo que el período crítico vendrá después de la muerte de Tito, que es la única autoridad que sostiene ese conglomerado multinacional, al desatarse la lucha por la sucesión. Allí se creará un vacío de poder y la historia ha probado repetidas veces el peligro de crear vacíos en las relaciones internacionales. Potencias exteriores siempre sucumben a la tentación de llenarlo"[42].

Los mismos analistas están también de acuerdo acerca de las consecuencias políticas y estratégicas si pasara Yugoslavia a la órbita soviética. La caída de una parte de Yugoslavia bajo el poder soviético (Macedonia como sector más verosímil) constituiría una grave pérdida para Occidente, pero no vital. Allí quedan como barrera para la salida rusa al Mediterráneo todavía Grecia y Turquía, desempeñándose en el sentido de la tradición política europea contra las pretensiones zaristas.

Para el caso de dominación política y estratégica soviética sobre la parte propiamente europea del territorio de Yugoslavia, no hay precedentes históricos. Nunca en el pasado, hasta hoy, los rusos han ambicionado o conseguido las tierras que gravitan hacia el Adriático; siempre se limitaban a tratar de someter a su dominación o por la influencia aquellas tierras que la llevarían al Mar Egeo. Si actualmente lograran controlar la parte tradicionalmente europea —tierras al occidente del Río Drina— los expertos prevén las siguientes consecuencias: el control de la llamada "puerta de Ljubljana", capital eslovena, que conduce a la Italia continental, les dejaría el camino abierto hacia el valle del río Po, en el centro de la vida económica-industrial de aquel país y, además, flanquearía a Austria. Luego, la llegada rusa, a través de Croacia y Bosnia - Herzegovina al Adriático, expondría al peligro mortal la frontera marítima de Italia. La oposición albanesa también desaparecería. Y no todo termina con esto. "La flota soviética depende, para su entrada y salida del Mediterráneo, de los estrechos turcos y de Gibraltar"[43]. La dominación sobre Croacia y Bosnia-Herzegovina les daría a los soviéticos una nueva entrada mediante la conexión directa geográfica, política, estratégica e ideológica empezando en su propio país, continuando a través de Hungría y terminando en las orillas del Adriático". La Unión Soviética ha presionado constantemente a Yugoslavia a fin de obtener facilidades navales y lo ha repetido en el curso de este año una vez más (1972)"[44]. En 1975 obtuvo en efecto facilidades por parte de Yugoslavia para estacionar y reparar sus navíos en los puertos yugoslavos. Además, "el más grande problema operacional de la flota (soviética) en el Mediterráneo es el del poder aéreo necesario para la defensa, el reconocimiento y el ataque"[45]. La posesión de bases navales en la costa adriática croata junto con las bases aéreas en el interior de las tierras croatas (Bosnia-Herzegovina y la Croacia propiamente dicha) eliminaría todos sus handicaps y extendería el radio de acción de su flota y aviación sobre el Mediterráneo casi en su totalidad.

En síntesis, el control estratégico por parte de la Unión Soviética sobre la parte europea del territorio yugoslavo, dislocaría por completo el dispositivo estratégico de la OTAN y produciría no solamente una alteración parcial sino un vuelco decisivo y esencial del equilibrio de poder en Europa y en el Cercano Oriente.

Nadie cree y con razón, que Yugoslavia sea capaz de resistir con sus fuerzas a Moscú si ésta se decide a usar la propia. Es por eso que el destino de Yugoslavia está en manos de Moscú y de Washington.

Aunque las fuerzas terrestres y aéreas del Pacto de Varsovia son abrumadoramente superiores a las de Yugoslavia y, por cierto, desplazadas ya para un eventual ataque que abarcaría también las bases y unidades que tienen en Hungría y Bulgaria, la mayoría de los observadores se inclina a la conclusión de que la Unión Soviética no necesita recurrir a un acto tan demostrativo, impopular y provocativo como lo fue la invasión de Checo-Eslovaquia. Aparte del despliegue de fuerza militar, a Moscú le queda una amplia gama de medidas políticas y subversivas para conseguir dicho fin.

Los preparativos en tal sentido para la era post-Tito está ya en plena ejecución. Lentamente, pero con constancia, están ocupando posiciones claves en el Partido, la administración estatal, la economía, la policía y el ejército, un grupo promoscovita, compuesto de políticos hegemonistas serbios, círculos económicos privilegiados de Belgrado y, sobre todo, los generales serbios, neostalinistas y dogmáticos. Todos ellos, en la necesidad del apoyo soviético para conservar su propia posición y la del pueblo serbio dentro de aquella comunidad plurinacional, ofrecerán voluntariamente su colaboración a Moscú para doblegar la oposición de la mayoría en el país (incluso de los elementos antisoviéticos serbios) y ayudarán de tal manera el paso de Yugoslavia al otro lado de la barricada. Se trata realmente del grupo dispuesto a prestar su oído a la "doctrina de Brezhnev" y a cometer, una vez más, la traición a los intereses de Occidente, siguiendo las pautas de la Yugoslavia de antes de la Segunda Guerra Mundial. ¿Posiblemente, de la Yugoslavia monárquico-comunista entre las dos guerras y durante la última?

Paralelamente y en el caso de que esta combinación por cualquier razón resultara impracticable, Moscú tiene ya metido otro hierro en el fuego: apoya las reivindicaciones búlgaras sobre Macedonia, luego cautelosamente, y según el momento, también las de Hungría sobre la Provincia Vojvodina, sin dejar fuera de su vista también un discreto juego con los sentimientos nacionales y separatistas de los croatas y los albaneses. Esta alternativa la utiliza Moscú con un doble propósito: presionar a Belgrado para que se someta a la voluntad del Kremlin o en el caso extremo, para tener el terreno preparado en vista del desmembramiento de Yugoslavia. En contraste con esta dinámica soviética, la política de los Estados Unidos, decisiva en el hemisferio occidental, se caracteriza por su postura estética, la falta de dinamismo, la imaginación y el espíritu de iniciativa, endureciéndose en la pasividad ante una realidad tan apremiante. Podríamos resumirlo todo con estas palabras: conservar el status quo. En lo que concierne a Yugoslavia particularmente: conservar y garantizar su unidad, su independencia, su integridad territorial y reconocerle el status de un país no alineado.

El término status quo resulta muy impreciso. En efecto, el status quo territorial de las posguerras en Europa ha sido respetado. No obstante, este status de hoy no es idéntico al del ayer. Especialmente después de la Conferencia efectuada en julio de 1975 en Helsinki. Los cambios, a primera vista imperceptibles, ocurren permanentemente contra los intereses del mundo libre. Los cambios internos o psicológicos-políticos después de Helsinki se sentirán como un impacto de grave peso en los ámbitos que consideran la libertad política como el valor supremo de su vida comunitaria.

Además, hay que señalar que hablar de la "unidad yugoslava" resulta, aparte del desconocimiento del que lo toma en serio, también ridículo. La unidad yugoslava es una ficción, un producto de pura propaganda sobre el cual es imposible edificar política y estratégicamente algo positivo, digno de confianza en los cálculos políticos. Es admitido comúnmente que la política yugoslava de "no-alineación" ha desempeñado un papel de relativa importancia (no de tanto como se dice a veces y, por cierto, contra los intereses de Occidente) y que podrá eventualmente actuar en este sentido también en el inmediato futuro y mientras la conducción de esta política quede en manos de Tito. Consideramos ilusoria toda política que contaría con la no-alineación yugoslava después de Tito.

En cuanto a la "integridad territorial" de Yugoslavia hemos visto ya que la política soviética es muy flexible al respecto. El Kremlin va a continuarla con el supremo fin de someter a su poder la totalidad del territorio yugoslavo, su "integridad territorial". Pero si ve que eso resultaría impracticable, Moscú no vacilaría en aplicar sin escrúpulos los planes ya preparados para desmembrarla, segura de que en cada una de las partes tendrá equipos capaces de tomar el poder con su ayuda y mantener de esta manera a las nuevas partes dentro de la órbita soviética. La política norteamericana, como ya hemos dicho, carece de semejante flexibilidad. Ante la imposibilidad de atraer la "integridad territorial" de Yugoslavia a la influencia exclusiva de Occidente (lo que es casi inimaginable en las condiciones actuales), le quedan a la política americana dos alternativas: Primero, proseguir la política actual con el resultado más que probable de que Yugoslavia en su "integridad territorial" se convertiría en un futuro próximo en un nuevo satélite incondicional del Kremlin. Segundo: Efectuar una revisión total de su política —a reappraisal of policy—aplicando el principio tradicional de la política de las potencias europeas en el pasado, es decir, reconocer los intereses soviéticos en la zona balcánica y retener bajo su influencia la parte tradicionalmente considerada como europea de Yugoslavia y vital para el equilibrio de poder y de los intereses entre las dos civilizaciones, cuya línea divisoria marca justamente a esa zona de acuerdo con la configuración geográfica.

Esta revisión nos llevaría en sustancia a la rectificación del acuerdo de Yalta, rectificación en el sentido de la división del territorio y no de aquella practicada en Yalta dividiendo el poder y la influencia opuestos en la proporción del 50 x 50%, evidentemente impracticable en las condiciones actuales. Los dirigentes políticos del Kremlin son gente bastante capaz e inteligente como para aceptar con realismo un compromiso en este sentido, si los Estados Unidos evidencian una decisión y una voluntad respaldadas por su propio poderío y el del mundo libre en su totalidad.

Si la palabra "división" resulta odiosa o molesta para alguien, bien podemos recordarle que hay toda una serie de divisiones en la actualidad, incluso injustas, cortando por la mitad a los cuerpos vivos de los pueblos —el caso alemán, por ejemplo, coreano o, hasta hace poco, vietnamita— y que hay casos donde las fuerzas vivas han acabado con la "unidad" forzosa y artificial como en el Paquistán, verbigracia. Además, vale recordar aquí que también la reciente división de Chipre que se va a realizar de una u otra manera traerá un mejor modus vivendi entre Grecia y Turquía o entre las poblaciones respectivas de los dos países, lo que aportará a la estabilidad en el Mediterráneo oriental y a la voluntad de resistencia a cualquier invasor desde el exterior.

La división de Yugoslavia, un conglomerado multinacional formado contra todas las leyes geográficas naturales y el desarrollo consiguiente de civilizaciones, sería justo no sólo desde el punto de vista de los principios proclamados por Occidente como principios de la vida civilizada en la actualidad, sino también, y esto es de una importancia mucho más grave, desde el punto de vista político y estratégico en vista de la lucha no acabada de las dos civilizaciones antagónicas que procuran una u otra forma de su dominación en un mundo unido. Se trata de optar por la libertad o la tiranía. Los pueblos de Yugoslavia, separados y libres en sus tierras históricas, gozando de la soberanía nacional, se convertirían en factores de garantía y seguridad para la paz, orden y estabilidad, mucho más firme del que presenta la ficticia unidad de la Yugoslavia actual. El respeto por la naturaleza, la geografía, por la experiencia histórica y los criterios de las civilizaciones no se pueden sustituir por las improvisaciones pragmáticas y momentáneas que pueden parecer ópticamente ideales.

Si se elude esta decisión por apreciación errónea de la situación en Yugoslavia, o por la inercia política o por falta de la energía necesaria, Io que preparará la pérdida total de la integridad territorial de aquel país, habrá que repetir las palabras: "Si hay culpa para la situación actual, la culpa es nuestra". Tal es realmente la importancia político-estratégica de las tierras croatas. Su ubicación en el extremo oriental del mundo occidental, sus puertos adriáticos de inapreciable importancia naval bélica son el hinterland continental como base de la defensa del Mediterráneo y la Europa central donde vive un pueblo históricamente identificado con los ideales occidentales de libertad; olvidar todo lo cual significaría una gravísima omisión en su propio perjuicio por parte del mismo mundo occidental.

Por cierto, este valor queda como una constante histórica y nosotros la hemos señalado con más apremio vista la situación general política del momento.

 

 

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Croacia y su Destino, Studia Croatica – Instituto de Cultura Croata, Buenos Aires, © 1977, 2010