LO QUE LA HISTORIA "DOCET"

Si es verdad que la historia docet, vale la pena echar un vistazo aunque sea breve y fugaz sobre los problemas que han dominado la vida de los pueblos de esta parte de Europa, porque problemas casi idénticos se están repitiendo en la actualidad con las modalidades correspondientes a nuestra época.

En el período de apogeo del Imperio Romano, ambas partes del territorio de Yugoslavia estaban unidas bajo un poder que en las condiciones de aquella época no fue sólo casi perfecto, sino también un poder único, sin rival alguno. El centro político, administrativo y militar era Roma, es decir, su parte occidental, mientras el centro de la vida intelectual y espiritual era Grecia, o sea su parte oriental. De allí los dos polos universalmente reconocidos: Occidente y Oriente. Como Roma en aquel tiempo aceptó la supremacía cultural griega sin tratar de imponer la suya, y como por otra parte Grecia no tenía ni fuerza ni voluntad de oponerse a la dominación política de Roma, se estableció en el Imperio la armonía casi perfecta.

Pasado el apogeo del Imperio, Theodosio lo dividió (año 395) en dos partes. La natural división geográfica que mencionamos arriba, pasó a ser también la división política, que la historia conoce como "la línea de Theodosio". Con la misma división se formaron dos centros de poder. El europeo, con el centro en Roma, que venía desarrollando sus propias formas políticas y, sobre la herencia griega, también sus propias formas de la vida cultural; y el euroasiático con sede en Bizancio, dando vida a sus formas políticas y culturales específicas.

A pesar de esta división formal y externa con la incipiente división espiritual-cultural, el viejo equilibrio continuaba existiendo; ninguno de los dos centros trataba de imponerse al otro; tampoco se promovían luchas por la influencia o dominación en las esferas ajenas.

Pero al caer el Imperio occidental se produjo un vacío de poder. Por eso se entablaron luchas por la dominación entre Bizancio, que se consideraba el heredero natural y legítimo de Roma, y las fuerzas nuevas que intentaban erigirse en dueños por derecho propio. Las luchas duraron siglos y fueron perdidas por Bizancio, no sólo en el seno occidental, sino también dentro de la zona que se consideraba suya, la oriental. Los croatas y los húngaros formaron sus Estados propios en el sur y el norte de aquella zona respectivamente. Poco más tarde, los búlgaros y los serbios se instalaron en la parte oriental, llegando a ocupar el territorio casi hasta la puerta misma de Bizancio. Pero no obstante, no hubo por momentos tentativas de conquista ni por una ni por la otra parte, restableciéndose así un nuevo equilibrio de poder y de paz.

Mientras duró este equilibrio y la paz, los pueblos al oeste de dicha línea de división —los croatas y los húngaros— abrazaron definitivamente los valores de la cultura occidental con la religión católica, mientras aquellos al este de la misma línea divisoria —los serbios y los búlgaros— quedaron bajo la influencia de la cultura bizantina y adoptaron la religión greco-ortodoxa. Así, esta línea de división llegó a convertirse de una división geográfica natural en el límite entre dos mundos de diferentes formas políticas, estructuras sociales, tradiciones y valores éticos y morales en general. Allí chocaban también los antagonismos entre las dos fracciones principales del Cristianismo, producidos justamente gracias a la separación físico-natural. Resumiendo en un todo lo dicho, aquella división natural se transformó en la línea divisoria entre las dos civilizaciones: la occidental y la bizantina.

Más tarde aparecieron en el escenario histórico los turcos. Organizados militarmente a la perfección y empujados por un fanatismo religioso, fueron considerados como una superpotencia político-militar. En el breve correr del tiempo consiguieron destruir al estado búlgaro y luego al de los serbios, adueñándose de casi toda el área balcánica, reemplazando a Bizancio como centro de poder.

Mientas se luchaba en los Balcanes, Europa no se inquietaba mucho por el peligro otomano. Se pensaba allí o se sentía en el subconsciente que desde hacía un milenio, desde los tiempos de Theodosio, los Balcanes no formaban parte de la vida europea.

Pero cuando los turcos habían destruido ya el Reino croata de Bosnia (1463) y luego avanzado por la puerta de Belgrado a Croacia y Hungría, penetrando así en el área europea propiamente dicha con el objetivo evidente de conquistar a Viena, que se convirtió en el centro político-militar y cultural de esta parte de Europa, recién entonces ésta se despertó y se aprestó a luchar contra el invasor. Durante dos siglos estuvo en la defensiva frente a este nuevo poder euroasiático. Europa perdía cada vez más de su territorio —toda la Croacia oriental, la mayor parte de Hungría (Budapest estuvo bajo el poder turco desde 1541 a 1686) — al llegar los turcos hasta la puerta misma de Viena. Pero allí también perdieron la batalla decisiva contra los austríacos, húngaros, croatas y polacos. Desde entonces (1683) empezó la decadencia del poder turco y Europa pasó de la defensa al ataque. Ya a mediados del siglo XVIII sólo una parte de aquella zona europea, Bosnia y Herzegovina, quedaban bajo el poder turco. Incluso, su poderío sobre la zona balcánica empezó a zozobrar. El peligro provenía de dos factores: los pueblos balcánicos, sintiendo el debilitamiento del poder turco, vieron la oportunidad para su propia liberación nacional por un lado y, por el otro, la Rusia zarista entró en el escenario inaugurando al poderío moderno de la historia de aquella parte de Europa.

En efecto, desde los tiempos de Pedro el Grande y Catalina la Grande, el sueño político ruso fue la salida al mar cálido, el Mediterráneo. Los objetivos inmediatos fueron el Bósforo, los Dardanelos y la costa del Mar Egeo. Los Balcanes, propiedad turca, como paso natural desde la tierra rusa hacia dichos objetivos, se convirtieron en el campo de batalla. Allí los rusos trataron (y lograron) erigirse en protectores de los pequeños pueblos eslavos y de religión ortodoxa, búlgaros y serbios (los griegos habían conseguido ya la independencia en 1821), sirviéndose de los mismos como instrumentos de su política, hoy diríamos, como sus satélites. Por un lado trataban de debilitar a los turcos y como corolario asegurar su propia preponderancia.

Después de la derrota turca en la guerra de 1876-1877 parecía que los zares estaban en vísperas de coronar sus sueños en aquél sentido. Con el tratado de paz de San Stéfano, Bulgaria, el país más adicto a Rusia en aquella época, obtuvo territorios que se extendían hasta el lago Ohrid al sudoeste y un largo estrecho de la costa del Mar Egeo. Con esto se vislumbraba la posibilidad también de que los zares habrían podido heredar todas las posesiones turcas en Europa, especialmente las provincias de Bosnia y Herzegovina, lo que amenazaría directamente a los intereses europeos. Entonces casi toda Europa, bajo la batuta de Inglaterra, reaccionó vigorosamente. Por eso en el Congreso de Berlín (1878) se adoptaron tres decisiones, entre otras, de importancia histórica. Se redujo el territorio concedido a Bulgaria, alejándola del lago de Ohrid y las costas del Mar Egeo, lo que ayudó sustancialmente para que Grecia se erigiera como baluarte de protección de los intereses europeos y como barrera contra la penetración zarista al Mediterráneo oriental; se concedió a Austria, potencia centroeuropea y no a Rusia, el derecho de ocupar las provincias de Bosnia y Herzegovina, reafirmando así el hecho geográfico e histórico de que estas tierras pertenecen al ámbito europeo sirviendo a la vez de acceso a toda Europa, al Mediterráneo y como base desde la cual se defiende la costa adriática contra los invasores extraeuropeos; Europa reconoció allí implícitamente que la zona central de los Balcanes-Bulgaria y Serbia pertenece a la influencia política y estratégica rusa.

Estas decisiones, provenientes del tratado de paz de Berlín, se convirtieron en la constante básica de la política europeo-rusa hasta el fin de la Primera Guerra Mundial. Todo intento de alterar el equilibrio allí establecido por una u otra parte chocaba con la oposición según se tratara de quien quería destruirlo. Así los rusos frenaron a secas (1878) la agitación de los serbios, descontentos por la ocupación austríaca de Bosnia-Herzegovina, alegando argumentos de acuerdo con sus propias pretensiones sobre ese territorio. Más tarde, Europa (Inglaterra, Francia e Italia) junto con Rusia, se opusieron a la política Drang nach Osten de la Alemania de Guillermo II y de Austria. Durante la guerra balcánica (1912), cuando los serbios ocuparon una parte del norte de Albania y llegaron al Adriático, Europa (Italia, Austria e Inglaterra) los obligaron a retirarse, considerándolos satélites de Rusia. Esta última, no obstante, no opuso reparos a esta actitud europea.

A pesar de todo, los Balcanes se convirtieron en un "barril de pólvora", pero más a causa del mini imperialismo de sus pueblos pequeños —el sueño de una Gran Serbia, o la Gran Bulgaria— que por la lucha directa entre las grandes potencias.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial dos potencias consideradas grandes desaparecieron del escenario que hasta entonces guardaron el equilibrio en esa área europea. Austria fue desmembrada y Rusia quedó impotente debido a la revolución comunista. Las potencias victoriosas (Francia en su calidad de principal potencia continental) crearon un nuevo orden en toda la Europa central igual que en los Balcanes. Como parte de este orden se creó también a Yugoslavia incluyendo bajo el poder serbio a otros pueblos y territorios y desconociendo la división geográfica e histórica entre las dos zonas y las dos civilizaciones que las caracterizan. El evidente propósito de Francia fue crear allí un fuerte baluarte —prescindiendo del deseo de premiar a la Serbia aliada— y un instrumento eficaz para su política y estrategia capaz de oponerse a cualquier tentativa de revisión del "sistema de Versailles".

Pero el cálculo resultó equivocado. En lugar de extender el poder europeo hasta el núcleo geográfico central de los Balcanes, se introdujeron en el seno mismo de Europa problemas balcánicos, prácticas políticas y mentalidades extrañas a su tradición. Para poder cumplir con la doble misión de ser el guardián de los intereses de Europa en la parte de su territorio occidental, por un lado, y desempeñarse como factor de orden en la parte balcánica, se necesitaba un poder fuerte, moralmente unido. Pero Yugoslavia por su poder económico y militar era un país apenas mediano de acuerdo con los criterios de entonces. Incluso en el caso de su unidad étnica y espiritual que no existía hubiese sido problemático poder cumplir con la misión que le fue confiada. Pero fue todo lo contrario. Yugoslavia es un conglomerado de pueblos que nunca vivieron juntos y que en su largo pasado histórico adoptaron sistemas políticos diferentes, desarrollaron estructuras sociales, tradiciones y mentalidades muy diferentes y —lo que es de suma importancia— tenían intereses nacionales diferentes, muchas veces antagónicos. Los croatas y los eslovenos no tenían interés alguno por los problemas balcánico, importantes para los serbios. Estos, a su turno, estaban siempre dispuestos a vender los intereses croatas y eslovenos, si así les convenía.

De lo dicho fácilmente se desprende que Yugoslavia, por su misma naturaleza, es un país destinado a desilusionar a los que ayudaron a crearlo y a traicionar los intereses de Europa que fueron confiados a su cuidado, tanto en el área de su poder como fuera de la misma.

En efecto, la serie de traiciones empezó ya desde su formación. En lugar de ser un país democrático, Yugoslavia fue primero una pseudodemocracia y luego una monarquía de carácter fascista, antes que Hitler. En vez de ser un país de legalidad, se convirtió en una comunidad política de corrupción y de violencia de tipo balcánico tradicional. Fue la Yugoslavia bajo el régimen fascista de Stojadinović, que destruyó a la Pequeña Entente, destinadas a desempeñarse como barrera frente al revisionismo en la Europa Central y en los Balcanes, abriendo así el camino a Hitler para su ocupación de Checo-Eslovaquia y para la ulterior penetración en Hungría, Rumania y Bulgaria[1].

Por fin en 1941, Mr. Eden y el coronel Donovan no ahorraron esfuerzos (y dinero contante y sonante) para incitar a un grupo de oficiales serbios para efectuar un golpe de Estado (27 de marzo de 1941) en la convicción de que éste provocaría a Hitler a atacar a Yugoslavia (lo que ocurrió) y que la capacidad de resistencia yugoslava aportaría considerables ventajas a la estrategia aliada (lo que no ocurrió). El "famoso" ejército yugoslavo se desmoronó sin batalla alguna, el Estado se hundió por entero en diez días provocando la desesperación aliada y la satisfacción de Hitler. Las afirmaciones de que la entrada de Yugoslavia en la guerra había retardado el ataque de Hitler contra la Unión Soviética y así salvado a la misma de la derrota, es un asunto por nada probado y que se está discutiendo tanto entre los historiadores de los Aliados como entre los de Alemania. El coronel Vladimir Vauhnik, agregado militar yugoslavo en Berlín (1939-1941) escribe al respecto: "En su soberbia Hitler quiso violentar el clima ruso y por eso decidió el ataque para el fin de mayo. Resultó difícil convencerlo de que habría sido mejor esperar a fines de junio. En efecto, el ataque empezó el 22 de junio, dos días antes de la fecha en que en su tiempo atacó Napoleón, la cual fue elegida de acuerdo con la información de que por aquel momento el barro ruso no estaba seco". Más adelante agrega: "El golpe de Estado destruyó a Yugoslavia en una sola semana y no contribuyó ni en lo más mínimo a la estrategia general en favor de los Aliados occidentales. Tampoco aportó ventajas a la Unión Soviética según se cree debiendo retardar sus preparaciones en el Este gracias al ataque de Hitler. Estas preparaciones venían continuándose sin demora, porque la destrucción de Yugoslavia no fue más que un episodio"[2].

Con esta última traición, parte natural de aquel Estado formado a despecho de las realidades geopolíticas, históricas y de civilización, termina la primera y breve reseña de la historia de Yugoslavia. Todo lo que ocurrió más tarde entra a formar parte de la actualidad política y estratégica de nuestros días.

 

- - - -

Croacia y su Destino, Studia Croatica – Instituto de Cultura Croata, Buenos Aires, © 1977, 2010

 

 



[1] Stojadinović decía a Hitler con motivo de su visita en enero de 1938: "La política yugoslava con respecto a Alemania puede resumirse en que Yugoslavia nunca y bajo ninguna condición entrará en un pacto antialemán o en cualquier combinación antialemana. Los alemanes y los serbios en la Primera Guerra Mundial no eran enemigos, sino solamente adversarios. (Subrayado en el original Obs. de Ivan Babić). El objetivo de su política es que tampoco en el futuro Yugoslavia y Alemania lleguen a ser adversarios". (Ver: Erich Schmidt Richberg Das Ende auf Balkan, pág. 9). Es fácil imaginar actualmente una conversación casi idéntica entre un sucesor de Tito y Brezhnev o su sucesor respectivamente.

[2] V. Vauhnik: Nevidna Fronta, El Frente Invisible, edición "Svobodna Slovenija", Buenos Aires, 1965, págs. 158, 9 y 196, 7. Ver también: Martin van Graveld: Hitler's Strategy 1940 - 41 The Balkan Clue.