ORGANIZACIÓN DEL ESTADO Y LA LUCHA POR EL MAR ADRIÁTICO

De acuerdo con la tradición croata, registrada en De Administrando Imperio, de C. Porfirogéneta, el pueblo croata llegó a su actual patria política y militarmente bien organizado. La comunidad era una especie de federación, donde banos y županos gobernaban en unidades federadas, como señores independientes, reconociendo el poder central de uno —el más fuerte— de ellos. Para tomar decisiones que interesaban a toda la comunidad, los ciudadanos adultos se congregaban en las asambleas generales o Sabor de la nación. Una de las asambleas más importantes del primer período de la historia es la efectuada en Duvno (Dalminium) en 753. Allí fueron tratados distintos asuntos políticos y eclesiásticos de Croacia. El emperador Constantino (741-775) envió a Juan Silentario y a Leo Imperialis como sus delegados y el Papa Esteban II (752-757), por su parte, fue representado por el cardenal Honorio y otros dos obispos.

La asamblea deliberó durante doce días. En el orden figuraban primero las cuestiones eclesiásticas: la organización de las antiguas diócesis y la creación de otras nuevas; luego la atención cayó en los problemas políticos, y el Estado fue dividido, como hemos visto, en tres regiones: la Croacia Blanca, la Croacia Panónica y la Croacia Rubra. Además, fue organizada la administración de la justicia, el sistema de impuestos, etc. En el documento nacional croata preparado en tal oportunidad —Methodos— es visible una síntesis de elementos del derecho romano y del derecho consuetudinario croata.

Pero no obstante esta organización, a Croacia le quedaron muchos problemas y dificultades por resolver. Tuvo que luchar duramente para imponerse y conservar así su independencia, pues Bizancio no renunciaba a la soberanía sobre las tierras ocupadas por los croatas. Allí quedó una parte considerable de la población romana o romanizada, especialmente en las ciudades dálmatas y las islas del Adriático, que miraba con disimulo a los nuevos dueños. Además, poco después el Imperio Occidental presentará nuevas ambiciones, reivindicaciones y deseos de imponer su poder. Croacia, situada casi en el corazón del Imperio (prácticamente equidistaba de Bizancio y de Roma) se halló entre dos poderosos polos políticos y culturales hacia los cuales —por un motivo u otro— gravitaba todo el mundo mediterráneo y europeo. De ahí que desde su instalación en las orillas orientales del Adriático empezó la dramática lucha de los croatas por el dominio sobre las mismas y sobre las islas adyacentes, sintiendo vivamente que del éxito de esa empresa dependía la propia existencia de Croacia como poder político e independiente.

En efecto, al consolidar su nueva morada en la costa adriática y tierras aledañas los croatas no fueron todavía dueños de las ciudades fortificadas ni de las islas. El poder sobre las mismas pertenecía Bizancio. Por eso, las relaciones Croacia-Bizancio eran confusas pues Bizancio, como sucesor del Imperio romano occidental, se consideraba amo y soberano no sólo de las islas y las ciudades dálmatas, sino también de todas las tierras ocupadas por los croatas. Constantino Porfirogéneta en su versión, digamos imperial y auténtica, narra la llegada de los croatas y dice que se había efectuado por orden del emperador Heraclio. Los croatas ocuparon a Dalmacia por su orden (keleusis) y voluntad, pero se comportaron como verdaderos dueños de esas tierras. Por eso, para cambiar esta situación poco clara y consolidar su nueva patria y su independencia, debían extender su poder también sobre esas ciudades e islas.

De la tarea de ocupar, poblar, asimilar e incorporar a las islas adriáticas se encargaron los neretvanos, tribu croata especialmente emprendedora y belicosa. La tarea se les tornó relativamente fácil gracias al debilitamiento del poder central bizantino como consecuencia de las luchas dinásticas, que llevaron incluso a la desaparición en el año 751 d.C. del exarcato de Ravena. Las autoridades eclesiásticas, por cierto, se oponían también enérgicamente a la empresa croata, pero el proceso de incorporación de las islas, de acuerdo con las fuentes históricas, terminó no obstante con éxito en el siglo VIII. El emperador Constantino Porfirogéneta dice al respecto: "Los ciudadanos romanos cultivaron las islas y vivían de ellas. Por los ataques diarios y matanzas por parte de los paganos [los neretvanos habían abandonado temporalmente el catolicismo por la oposición eclesiástica a su intento de conquistar e incorporar a las islas y la población romana que moraba todavía allí] abandonaron las islas..." De acuerdo con el nuevo estado de cosas y por consejo del emperador Basilio I, las ciudades bizantinas Osor, Krk y Rab desde el año 879 pagaban un tributo anual a los croatas para poder usufructuar de las tierras adyacentes a las mismas. De este mismo hecho se concluye que los croatas a fines del siglo IX d.C. tenían en su poder todas las islas del Adriático. Para confirmar la exactitud de esta afirmación cabe mencionar una carta de aquella época del Papa Juan X, de acuerdo con la cual dicha región (islas Krk, Rab y Osor) fue el centro del culto divino en el idioma nacional croata y del alfabeto glagolítico, sobre el que se volverá a hablar más adelante. "Desde entonces hasta hoy en día, nadie pudo cambiar la frontera étnica establecida entre los siglos VII y IX- en el Adriático", afirma el historiador contemporáneo croata D. Mandić en su obra: Hrvati i Srbi dva stara različita naroda — (Croatas y Serbios: dos antiguos y diferentes pueblos) — (Munich — Barcelona, 1971, pág. 62.

A partir de ese momento, los croatas marcharon a grandes pasos hacia su plena independencia y poder conducidos por jefes nacionales, primero duques y luego reyes. No obstante, tuvieron que sostener continuas luchas con sus vecinos. En el año 800 aparece un factor de gran importancia en la política internacional: el Papa León III coronó ese año a Carlomagno con la corona imperial, renovando así el Imperio Romano occidental junto con sus pretensiones territoriales y políticas. En efecto, en la pugna entre Bizancio y el nuevo Imperio occidental, los croatas se inclinaron por este último y reconocieron en 803 el poder supremo de Carlomagno, hecho que dio comienzo a la orientación prooccidental de los croatas con todas las consecuencias positivas y negativas que con el correr de los siglos ello trajo en su vida política y cultural[1].

La presencia de los obispos de Dalmacia, opinan los historiadores, fue el motivo principal para que uno de los jefes croatas en aquel momento, dux Borna (802-821), optara por Occidente. Además, el mencionado cronista franco, en la obra Vita Karoli Magni, acota: ...Karolus regnum Francorum nobiliter ampliavit ut poene duplum adiecerit... Histriam quoque et Liburniam atque Dalmatiam, exceptis maritimis civitatibus, quas ob amicitiam et iunctumn cum eo foedus constantinopolitanum imperatorem habere permisit" ("Carlos aumentó notablemente al reino franco y le agregó el doble... a Istria, Liburnia y Dalmacia, exceptuadas las ciudades marítimas, las cuales por amistad y por el pacto concluido con el emperador bizantino permitió que quedase en su poder").

El contrato que aquí se menciona se refiere en realidad a una serie de ellos firmados en los anos 810, 812 y 817. En virtud de los mismos Bizancio tuvo que renunciar formalmente a la soberanía sobre las tiernas de la Croacia marítima, la que de hecho perdió desde la llegada de los croatas a aquella parte del Imperio. Gracias a esta nueva situación y a la decisión de Borna de apoyarse en el poder de Carlomagno, Croacia pudo fijar definitivamente sus fronteras con Bizancio que llegaban hasta el río Drim, en la actual Albania.

Pero esta ventaja croata se vio disminuida por la obligación de Borna, jefe de la Croacia marítima, de apoyar a los francos en su intento de eliminar la resistencia de Ludovico de Posavina (810-823), jefe de la Croacia panónica, quien sostenía una larga lucha contra la incipiente germanización y por la independencia de aquella parte de Croacia.

A Borna, políticamente robustecido ante Bizancio, lo sucedieron sus nietos Vladislav (821-830) y Mislav (830-845). Los dos, gracias a las luchas dinásticas internas en el imperio franco, gobernaron en Croacia como verdaderos soberanos. Incluso el rey franco de Italia, Lotar, tuvo que pactar con Venecia para defenderse contra los croatas del dux Mislav. Su sucesor (principio de sucesión por señorío) fue el hijo de Vladimir, Trpimir (845-863). Este tuvo que luchar nuevamente con el "pueblo griego y sus patricios", que de acuerdo con la opinión de los historiadores no serían otros que la población dálmata, súbdita del imperio bizantino. Trpimir luchó también contra los búlgaros. Constantino Porfirogéneta dice: "Michael Boris, soberano de Bulgaria, empezó la guerra contra ellos (croatas de Dalmacia), pero al no poder hacer nada, hizo la paz con ellos, obsequiándolos y recibiendo regalos de ellos".

 

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Croacia y su Destino, Studia Croatica – Instituto de Cultura Croata, Buenos Aires, © 1977, 2010

 

 



[1] El cronista franco contemporáneo Einhard escribe en la obra Einhardi Annales ad annum 805: "Paulus, dux Jadarae atque Donatus, eiusdem civitatis episcopus, legati Dalmatinorum, ad praesentiam imperatoris, cum donis (venerunt)". (Pablo, dux de Zadar y Donato, obispo de la misma ciudad, llegaron como delegados de los dálmatas de visita al Emperador y le dieron grandes regalos").