PREFACIO: ESTE LIBRO Y SUS LECTORES DE HABLA HISPANA

El lector tiene en sus manos algo más que un texto para turistas o para entretener mediante una "curiosidad". Este libro es una "suma" con la que se pretende dar, conforme lo declara el título, una idea cercana del destino de un país cuyo enclave entre dos mundos viene saturando de drama su milenaria trayectoria.

La institución que lo edita ha confiado a un elenco de especialistas la redacción de los diversos capítulos, todos ellos rebosantes de un interés muy vivo, sobre todo para el lector argentino, al que debemos suponer —fuera de lo poquísimo que sabe por los diarios— enciclopédicamente desconocedor de la realidad pasada y presente de Croacia.

Por este libro nos enteramos de las características geográficas y demográficas, así como de la dramática historia, de la literatura, el arte, la especulación filosófica, la economía y los problemas geopolíticos de aquella hermosa región del Viejo Mundo. Las fuentes son múltiples, numerosas y excelentes, muchas de ellas sin duda venerables, como puede verse en las nóminas bibliográficas, con buen criterio expuestas al final de cada capítulo.

La sección consagrada a la literatura —una de las más extensas y sin duda muy enjundiosa— revela que desde muy antiguo la producción en prosa y verso —sobre todo en lo segundo— es abundante, tanto en idioma vernáculo como en latín. En diferentes períodos florecieron latinistas, escritores y poetas que centraron su inspiración en motivos locales pero que también plasmaron sus obras sobre modelos clásicos. Y si en todo momento aparecen obras comprometidas con los grandes ideales de la nacionalidad —como por otra parte ocurrió en la Argentina con los poetas y prosistas de la Revolución de Mayo— nunca se desatendió la literatura "desinteresada"; y es así como se ha escrito y traducido infinidad de obras que tienen por tema al hombre mismo con su buen lote de problemas vitales, es decir, al hombre de carne y hueso, como no se cansaba de repetir Unamuno. Por la detallada exposición respectiva, puede verse que aún en medio de las zozobras de una existencia nacional que por siglos ha soportado un jaqueo infatigable y hasta cruel, la faena de escritores y bardos, de traductores, críticos y dramaturgos, ha sido muy intensa, fructífera y variada: todos los géneros, todas las corrientes surgidas de la propia entraña y de la de los países adalides de la cultura europea, han experimentado allá su rico registro.

Algo análogo ha acontecido con la filosofía, en lo que no es posible advertir pausas prolongadas ni desmayos notorios. En Croacia, como en otras comarcas, la filosofía estuvo, en sus inicios, anexada al corpus místico-religioso —era, puede decirse, una rama de la literatura mística y de la teología— pero en épocas posteriores se va ramificando y cobrando autonomía. Filósofos sensu stricto y expositores y comentaristas, han reflejado fielmente las alternativas y etapas del brillante movimiento filosófico de Occidente; y es así como en el vasto caudal bibliográfico de esta disciplina, alternan Santo Tomás y San Agustín; los escotistas y el racionalismo cartesiano; Leibnitz, Kant y Bergson; y, en fin, los existencialistas y las diferentes versiones contemporáneas del marxismo.

Con idéntica versación se informa, asimismo, sobre música, arquitectura y plástica, con mención y comentario de sus expresiones cimeras. En este orbe de la actividad espiritual, se advierte de qué manera lo que podríamos llamar el genio de la raza ha conseguido amalgamar lo extranjero y lo típico en expresiones marcadas definitivamente con el sello de la nacionalidad. Los croatas demuestran, con su propia pujante realidad, que una nacionalidad puede sobrepasar los límites de la pura autoctonía, sin por eso desdibujarse como entidad colectiva.

Los datos que se consignan sobre economía son del mayor interés, porque demuestran de manera incontrovertible —las cifras no mienten— el peso decisivo que la economía croata ejerce sobre la de toda Yugoslavia, a pesar de la fuerte presión ejercida por el régimen imperante en el sentido de deprimirla. Con importantes datos a la vista, el libro explica que esta primacía presta concreto asidero a las exigencias independentistas de Croacia, que según puede comprobarse, están muy lejos de significar un delirio de utopistas o un devaneo de ilusos.

Finalmente, el capítulo sobre la importancia geopolítica de Croacia —sin duda, el más inquietante— entraña un poderoso y patético llamado de atención: la posición de Croacia en el mapa, y la función que naturalmente desempeña en el ámbito cultural de Occidente, hace de esa nación un punto neurálgico al que los Estados Unidos, que es la despensa y el brazo armado del mundo libre, debe prestar preferente atención antes de que sea tarde para el destino de toda la comunidad occidental.

Siguiendo paso a paso lo que se nos cuenta en este libro que pone en nuestras manos el Instituto Croata-Latinoamericano de Cultura, obtendremos dos motivos de asombro: en primer lugar, la manera cómo los croatas han conseguido perfilarse como nación; y luego, hasta qué punto ese carácter nacional claramente diseñado, propietario de un haz de notas tan diferenciales, se ha mostrado asimismo capaz de mantenerse en la gloriosa constelación greco-romana en que recibió su bautismo. Hay, por tanto, en larga y accidentada historia de los croatas —una historia llena de episodios épicos— un doble movimiento que los exhibe, a través de unas trece centurias, creciendo en personalidad específica y en occidentalidad.

Croacia es una nación en el sentido fuerte del término, quiero decir, que lo es más allá de lo puramente jurídico o de resultas de combinaciones políticas más o menos circunstanciales. Yo diría que es nación por la razón suficiente de que siempre ha querido serlo con toda la fuerza de su voluntad acerada y de su burbujeante entusiasmo. Y esa nacionalidad que de hecho disfruta —y que de jure tendrá que disfrutar alguna vez y para siempre—, se la ha plasmado —alfarera de sí misma— con sus propias laboriosas manos, la ha venido ganando con una obstinación de ser que no ha reparado en repetidas y abundantes cuotas de lágrimas y sangre, desde la primera titilación de su conciencia.

A mitad de camino entre Bizancio y Roma, nació luchando por su supervivencia; y desde entonces no ha hecho más que cuadrarse con decisión de cruzado frente a unos y otros —venecianos, húngaros, otomanos, austríacos— turnándose en el intento de abolirla. En cada una de las alternativas, esta comunidad se ha mostrado extraordinariamente fiel a sí misma, asida con desesperada energía a los supuestos étnicos y culturales que explican por una parte su idiosincrasia nacional y por otra la irrenunciable occidentalidad que desde los días de Carlomagno constituye uno de sus más legítimos orgullos.

Los croatas fueron los primeros eslavos que se cristianizaron y que emplearon el latín y algunas instituciones políticas del Occidente medieval, y de esta manera siempre se los ha visto en un combate sin concesiones, defendiendo una de sus dos condiciones nativas o ambas a la vez, según fuese el cuadrante desde el que procedía la agresión: si frente a los venecianos o a los Habsburgos son croatas que se defienden como tales, frente a los turcos se erigen en toda su estatura de croatas y occidentales a un mismo tiempo. ¿Habrá que decir que es en esta doble condición que aparecen hoy luchando en la medida de sus posibilidades contra el régimen comunista de Tito, que les hace una guerra nacional y simultáneamente, en virtud de su carácter totalitario, los ataca en lo más íntimo de sus convicciones como miembros de la comunidad occidental y cristiana?

La intrépida lucha de Croacia por su ser nacional, en la que siempre han coincidido el pueblo y sus élites más representativas, asume en los últimos años un carácter especialmente importante para todos nosotros. El enemigo es no sólo lúcido y fuerte, con muchas probabilidades en su favor, sino también un enemigo de fondo, un enemigo total, porque dirige su energía y su saña destructora contra los fundamentos mismos de un estilo de vida y una cosmovisión en que estamos hermanados croatas y argentinos debido a nuestra pertenencia a un orbe cultural que nos es común. La causa de la cual los croatas hacen su bandera, es la de los argentinos que, no importa cuál sea nuestro matiz, nos sentimos profundamente occidentales, es decir, que militamos en el bando de los hombres que aman la libertad como a su misma vida.

Quiere decir que, acabada la lectura de este libro, y ya en conocimiento de qué y quiénes son los croatas, de dónde proceden, cuál es su trayectoria, cuáles sus más hondos anhelos, sentiremos que hacia ellos fluye naturalmente nuestra simpatía. Y esto, no sólo porque aspiran a su independencia nacional que, como la que los argentinos conquistamos en 1810, está despojada de xenofobia y de torpes resentimientos, sino también porque sustentan una causa: la de la libertad y el espíritu, hoy en guerra contra la opresión y el materialismo. En esa causa tenemos comprometidas nuestras más alarmadas vigilias.

Raúl Oscar Abdala

 

 

Croacia y su Destino, Studia Croatica – Instituto de Cultura Croata, Buenos Aires, © 1977, 2010